Los mundos de Visko (y 2)

Llevas Cuernos, Viskovitz

Más que prometo, más que cumplo. Ayer fue nuestro Visko-mantis y hoy, el cérvido…

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LLEVAS CUERNOS, VISKOVITZ

Yo, Viskovitz, soy noble y bueno, pero cuando bajo los cuernos… Lancé un mugido terrible y embestí.

Siempre había sido así entre nosotros, los alces: el vencedor hace suyas a todas las hembras en celo; para los demás, descornados, no quedan más que las fantasías. Un solo adversario me separaba todavía de la gloria, del amor, del poder. No podía fallar, no podía permitirme que un instante de distracción o algún efímero temor echasen por tierra todo un año de preparación gimnástica y galopante espera…

Arremetí contra él con la velocidad de un caballo de batalla y con todo el peso de mis dos quintales, pero, en el momento del choque, Petrovic, mi rival, jugó sucio: se agazapó como una rata y me dejó precipitarme en el vacío. Me golpeé en la articulación de las patas y me desplome. Acabé con el hocico por tierra y no me quedó más alternativa que pedir piedad. Petrovic me lanzó otra cornada y luego se encaminó hacia las hembras jóvenes, para recibir su premio.

Aquella noche, renqueando, me refugié en el sotobosque a lamerme las heridas. Después me arrastré hasta la charca y busqué a Jana.

– Hola, Jana -resollé.

– Apestas, Visko.

La oscuridad de la noche la cubría compasiva.

Mientras ramoneaba, las mamas le rozaban el mantillo de tierra mezclada con estiércol.

– Esta vez has salido malparado, Visko -rió sarcástica.

Si la limpiabas de ladillas, te acompañaba siempre a dar un paseo, y, si le rascabas un poco las pústulas de sarna, hasta te bramaba algún halago del tipo: “Eres el mejor, el campeón de la arena, el número uno…”.

Y así iba pasando el invierno.

Y entretanto te entrenabas para la primavera. Y te afilabas los cuernos. Porque eras un alce y en la cabeza no tenías sólo ideas, sino también armas.

Cuando llegó la nueva estación y las hembras volvieron a estar en celo, los solterones nos reunimos al pie de la montaña para decidir quién debía enfrentarse a Petrovic. A la fortaleza, una de mis dotes naturales, yo había agregado una nada despreciable experiencia y el conocimiento de todos esos pequeños trucos que se aprenden con el tiempo. No necesité más de un cuarto de hora para hacerles entender a López, a Zucotic y a los otros que el aspirante que debía desafiarle era yo una vez más. Algunos de los más jóvenes habían confundido mi astuta prudencia con el miedo, y estaban en el bosque lamiéndose las heridas. Petrovic, que había seguido la escena desde lo alto de la montaña, se lanzó a la carga de inmediato. Esta vez lo esperé, con las pezuñas firmemente asentadas, en el fondo del valle. Lo encontré avejentado y decaído, demacrado y enfermizo. Así pues, lo golpeé contra una encina hasta que me llegó a dar lástima.

Arreglado aquel asunto, emprendí el camino del monte, donde me estaban esperando las alcillas, Sus cabecitas asomaban tras las rocas. Notaba en el aire el olor a hembra, y me llegaba también alguna que otra vocecilla:

– ¿Quién ha ganado?

– Viskovitz. Viene hacia aquí.

Cuando las tuve delante, no me dieron exactamente la impresión que uno espera de una manada de hembras en celo. Y es que te las imaginas estremecidas y formando un gran alboroto de bramidos y bufidos. Un par de ellas roncaba, otras estaban tumbadas panza abajo y se azotaban la grupa con la cola, alguna que otra ramoneaba. Con todo, la más apetecible del ramillete se adelantó y bramó:

– Yo soy la primera del grupo. Tú, como vencedor de la contienda, eres el orgullo de la manada, nuestro amo y señor, y te aparearás primero conmigo y luego con todas las demás, y pariremos una prole vigorosa y abundante.

– No te quepa duda -gruñí.

– Naturalmente, tú deberás ocuparte de la seguridad y la prosperidad de la manada. Explorarás y conquistarás nuevos territorios y velarás siempre para que no nos falte el pasto. Mantendrás alejados al lobo y el lince, y, día y noche, vigilarás desde la cima de la montaña, olfateando la presencia de cazadores. Serás temido por las demás manadas y defenderás el territorio. Puesto que aquí tú eres el único que tiene cuernos, bajarás las ramas más altas para que nosotras podamos deshojarlas y nos desprenderás los parásitos del pelo. Tendrás que ser un buen ejemplo para tus hijos y te ocuparás de su educación. Cuando estemos preñadas, deberás satisfacer hasta el más insignificante de nuestros antojos. Dirimirás cualquier disputa, gobernando con sabiduría y juzgando con equidad. No podrás frecuentar a los otros machos del monte y mantendrás lejos de nosotras su semen impuro. En la estación del estro, te enfrentarás a tus rivales en la arena; hasta que un día, viejo y cansado, sucumbas ante los contendientes más jóvenes y lozanos, entre los que podrás encontrar a tus propios hijos. Y, si mueres en la lucha, tus cuernos se añadirán a los de tus predecesores, a los que nunca hemos dejado de rendir nuestro más agradecido y respetuoso homenaje. Mi nombre es Ljuba.

– Y yo soy Viskovitz, encanto -bramé-. Tienes un pelo precioso, Ljuba… ¿Sabes lo que me gustaría hacer ahora, florecilla? Tú y yo nos vamos a dar un paseo por el bosquecillo…

– Temo que eso no sea posible. Cuando quieras aparearte conmigo, porque supongo que se trata de eso, deberás hacerlo aquí, en el monte. No se puede dejar sin vigilancia la manada.

– ¿Aquí, delante de todos?

– Esa es la norma, Vuestra Alteza.

– De acuerdo, entonces ya hablaremos al anochecer. Pero hazme un favor, potrilla: llámame Visko.

Aquella noche, tras la puesta del sol, yo estaba de vigilancia. La noche era tranquila. Los pequeños dormían acurrucados entre las patas de mis alcillas, que roncaban apaciblemente. Sólo Ljuba seguía ramoneando y me echaba alguna mirada de vez en cuando. Lancé un silbido y enseguida se puso a trotar: estaba claro que nos entendíamos al vuelo. La luna hacía brillar sus grandes ojos acuosos. Empecé a repasármela. Tenía una cierta jodida prisa. Sí ¿y qué?, es más que comprensible. Me alcé sobre su grupa. Con las patas delanteras la mantenía quieta, con los dientes le mordisqueaba el cuello y con…

– ¿Qué es ese ruido?

– Me temo que el lobo le haya hincado el diente a uno de los pequeños, Vuestra Merced.

– Bah, al fin y al cabo no es mío, y siempre será una boca menos que… Bueno, quiero decir que… No, claro, naturalmente, ahora mismo bajo a arreglar este asunto…Pero, te lo ruego, llámame Visko.

Un asqueroso lobo babeante había hincado los dientes en el cuello de un pequeño alce, y se escabullía con él para zampárselo en el bosque. Lo alcancé con los cuernos por el lomo y lo mandé volando patas arriba. Pero entretanto había salido del boscaje otro par de aquellos hediondos animales y ahora tenía uno pegado a las corvas. Apoyé todo el peso sobre las patas delanteras y lancé una coz para quitármelo de encima. No habían elegido precisamente el día más adecuado para venir a molestar. Al tercero lo ensarté de lleno y con él se acabó el asunto. Los otros pusieron pie en polvorosa y estuve seguro de que no volvería a verlos en bastante tiempo. Para entonces ya me habían arruinado la velada. Me sangraban dos patas y el vientre. Había sido una larga jornada. Me recosté sobre la grupa, panza arriba, y dejé que las hembras me lamieran las heridas. Oí que una de ellas le decía a otra:

– ¿Qué te había dicho? Sabía que Visko les daría una lección.

Después caí dormido.

Al día siguiente, antes de que me hubiera recuperado, aparecieron los linces, y, por si eso fuera poco, hacia el anochecer se acercaron un par de bastardos, que subían desde el valle atraídos por el olor de las chicas. No me habría resultado difícil encargarme de ellos, a no ser por el estado en que todavía me encontraba. Un guiñapo. Pero ya podéis imaginar lo que habría sucedido si aquellos tipos se hubieran podido desahogar a sus anchas. Decidí echarme un farol. Me obligué a trotar fingiendo que tenía las patas en perfecto estado, y sólo Dios sabe hasta qué punto aquella artimaña me hacía maldecir de dolor. Luego, ante el más belicoso de los dos lancé lo que nosotros llamamos “el último mugido”, lo que tanto aquí arriba como en el llano significa que se está dispuesto a combatir hasta el final. Para mi fortuna, los dos humillaron los cuernos y me dieron la espalda, pero si hubieran tenido redaños para embestir… mejor ni pensarlo.

Oí a las chicas que decían:

– Este Visko es fantástico. ¿Has visto? Se han cagado de miedo.

Luego caí redondo al suelo.

A la mañana siguiente empecé a sentirme mejor, recuperaba las fuerzas y con ellas cierta languidez. Decidí dedicar aquel día a Ljuba. La llamé y ella no se hizo de rogar. Pero enseguida noté que estaba un poco nerviosa.

– ¿Todavía tienes miedo de tu buen Visko? -mugí con una sonrisilla equina.

– No se trata de eso, mi señor, es que he oído un disparo procedente del bosque.

– Serán imaginaciones tuyas, querida. No pueden venir todas las desgracias a la vez; es sólo que estás un poco emocionada, yo mismo me siento…

Se oyó el estampido de una escopeta, seguido de un mugido ahogado en el boscaje.

– Veré qué puedo hacer, pero, hazme un favor, la próxima vez llámame Visko.

Bajé hasta el bosque y atraje hacia mí los cazadores, mientras la manada se ponía a salvo. Me deslomé galopando de punta a punta por el monte y por el valle, dejando huellas y borrando huellas, llevándome dos balazos y todo un cartucho de perdigones. Finalmente, cuando ya era de noche cerrada, volví muy despacio a la cima de la montaña, deshecho.

Había un par de jóvenes alcillas todavía despiertas. Oí como una le mugía a la otra:

– Viskovitz es realmente extraordinario. Con él sí que podemos dormir tranquilas.

Después me derrumbe.

Por la mañana me desperté de magnífico humor. Los cazadores nunca vienen a nuestros parajes más de una vez a la semana. Tanto a los lobos como a los linces les había dado una buena lección, y en cuanto a los alces… a ellos más les valía mantenerse alejados. Era un cálido día de sol y, cuando el aire está tan limpio, el paisaje de las Montañas Rocosas es un auténtico espectáculo. Será porque soy un alce, pero a mí aquellas cumbres recortadas contra el cielo me parecen cuernos invencibles. Lancé un prolongado bramido. Porque me apetecía. Me hubiese gustado que me respondiera algún otro jefe de la manada desde las otras montañas. Porque en todas las cimas montañosas estábamos nosotros, los alces.

Las crías ramoneaban alegremente, y la manada estaba tranquila. Aparté un poco de hierbecilla y luego llamé a las chicas. ¡Qué bien se movían al trote las potrillas! Teníamos mucho trabajo atrasado que despachar. No había razón para esperar que anocheciera, de ahora en adelante actuaría a mi placer, realmente no venía a cuento mostrarse pudoroso en mi propia casa. Estaba Ljuba, luego estaba Lara, después estaba Olga, luego estaba Alcina… El Gran Alce, ¡me sentía emocionado como un chiquillo!

– Chicas, hoy trabajaremos todos juntos para garantizar a la manada una prole vigorosa y abundante. Ven aquí, Ljuba -bramé.

– Temo que no sea posible, mi señor.

– No digas eso ni en broma…

– El período del estro ha terminado, mi señor, así que tendremos que esperar al año próximo para dedicarnos a esas cosas, siempre que tengamos el honor de teneros todavía con nosotras. Entretanto, vos continuáis siendo nuestro único amo y señor. Si sois tan amable de bajar esa rama, nosotras…

Jana yacía inmóvil en el pantano, medio sumergida en el cieno que le servía para sofocar las ladillas.

– Apestáis, Vuestra Alteza -bramó.

© Alessandro Boffa, ‘Eres una bestia, Viskovitz’

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  • Y tengo más…
Published in: on Sábado, 16 septiembre 2006 at 2:32 pm  Comments (11)  

11 comentariosDeja un comentario

  1. Menos mal que mi potrilla no me hace eso porque me sentiría muy desgraciado. Como supongo se siente el pobre Visko….

  2. me gusta visko, pero me da pena!
    es como en el cuento de la mantis, siempre sale perdiendo ante las hembras, algo parecido a la raza humana cuando las mujeres dominamos al hombre por medio del sexo o su promesa :)

    besos

  3. Si, “o su promesa”. Reconocedlo mujeres, vosotras teneis la sarten por el mango y nunca mejor refrán para describir vuestra habilidad :(((

    Pobre Visko, pobre mango…

  4. las chicas siempre mandan!! :>

  5. que buenos son estos relatos!
    todos somos un poco como viskovitz, siempre a lo mismo con las florecillas jajajaj

  6. La culpa la tiene el mango…

  7. ¿Qué haríamos si no fuera por ellas?, si lo pensamos desde que nacemos nada sería posible sin esa lucha constante por destacar y ser elegidos.

    Gran relato, su aplicación abarca a todas las especies en un resumen humorístico de la vida.

    Drakko

  8. y que lo digas, pero a veces te paseas como un pavo y ni caso te hacen!
    a mi me pasa alguna vez y deprime mucho

    es por el mango! jajajaj

  9. ¿Te pasa alguna vez y es por el mango?
    ¿Tienes problemas de extensión? :D

  10. Hazme un favor, guerrera mía, llámame Visko 8)

  11. no creo que sea por el mango porque no lo voy enseñando, todvia jajajaj
    no tengo problemas de largo y ancho! y aun estoy creciendo n_n


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