Los mundos de Visko (y 3)

Es como para cogerte con pinzas, Viskovitz

Tras la Mantis y el Alce, veámos como le va a nuestro amigo invertebrado artrópodo, de la clase merostomata y orden scorpionida… es decir, el Escorpión…

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ES COMO PARA COGERTE CON PINZAS, VISKOVITZ

Nacer no es nunca una experiencia agradable, pero para nosotros fue un cuarto de hora horrible. Tras habernos parido bruscamente, mamá nos miró con repugnancia y empezó por decir:

– ¡Malditos monstruos, obra del demonio, criaturas infames!

Luego, elevando los quelíceros al cielo, prosiguió:

– ¡Maldice, oh Todopoderoso, a esta indigna prole, y maldice su simiente, libra al universo de su obscena existencia y que el Maligno se apiade de ellos!

No es exactamente el tipo de ánimo que te esperas de una madre.

De una mamá te esperas alguna arácnea forma de afecto, te esperas que te lleve a caballito como hacen las mamas de los diablos escorpiones pequeños; esperas que te dé una educación. No que te escupa y desaparezca para siempre entre una nube de arena, dejándote con el postabdomen friéndose en medio del desierto.

Su sentido de la familia era tan escaso que ni siquiera nos dio nombres. Nos dejó solamente apellidos: Viskovitz, Zucotic, Petrovic y López.

No es de extrañar que a pesar de ser hermanos no nos sintiéramos realmente como tales, que decidiésemos enseguida disociar nuestros destinos y orientar nuestros apéndices en direcciones opuestas. Petrovic se dirigió al norte, López al sur y Zucotic hacia el este. Yo, Viskovitz, seguí la trayectoria del sol y me moví hacia occidente, a la conquista del Oeste.

Y de camino me preguntaba:

– ¿Cómo me las arreglaré en un mundo tan competitivo sin tener familia, sin educación?

Mamá nos había parido en pleno desierto de Mojave, uno de los lugares más tórridos y secos de la América septentrional. La temperatura superficial superaba los setenta grados, y la humedad relativa se aproximaba al cero. Un sitio donde no puedes permitirte lágrimas.

De repente, los sensores de mis ocho patas captaron las vibraciones de un gigantesco animal que se movía hacia mí y que probablemente quería mi muerte. Es una pena que me haya llegado ya el fin, me dije, qué lástima que mi nacimiento haya sido sólo una pérdida de tiempo. Los arácnidos no somos unos llorones como los mamíferos, pero la verdad es que mi primera reacción fue buscar el regazo de una mamá inexistente y ponerme a gimotear. Intenté esfumarme. Pero algo iba mal. Las patas, en lugar de seguir las órdenes de los ganglios cerebrales, conducían mi trasero exactamente en la dirección opuesta a la que yo deseaba, hacia el suicidio. ¿Cómo era posible que fuese tan torpe? Fui a dar de narices con aquel monstruo, y allí, consternado, vi cómo mi cuerpecito realizaba una serie de gestos rapidísimos sobre los que no tenía ningún tipo de control. Al final el escarabajo yacía por tierra con mi cola clavada en el cráneo, paralizado por el veneno. Movía todavía las antenas, pero yo había empezado ya a sorberle la linfa, a devorarle los apéndices.

Pero entonces, ¿quién era yo? La respuesta es obvia: un depredador, una alimaña programada para matar. Con un estremecimiento de terror, me di cuenta de que no tenía ningún poder sobre aquellas descargas de reflejos condicionados, sobre aquel instinto salvaje. ¿Era un monstruo?

Dos días después, mientras todavía estaba acabando de despulpar aquella presa, recibí la visita de otro escorpión, un adonis de aspecto insolente y por lo menos cinco centímetros de largo.

– No me gusta que se cace en mi territorio, mocoso -silbó-. Deja el escarabajo y lárgate.

En aquellos dos días había crecido considerablemente, pero no lo bastante como para poderme permitir ser descortés con un tipo como aquél. Era una de esas situaciones en las que no queda otro remedio que meter la cola entre las patas y bajar los palpos.

Quise decir:

– Perdone, señor, he nacido hace poco y no sabía que éste fuera su territorio, le pido una vez más excusas.

Pero la voz que se elevó de mis peines sonó en realidad así:

– No me gusta que me hablen en ese tono, extranjero. Veamos si tu cola es tan rápida como tu lengua.

Una vez más mi propio cuerpo me desobedecía, y, consternado, me vi avanzar con las quelas oscilando y la cola amartillada, en posición de combate. Con los ocelos laterales vi que un grupo de termitas se reunía a nuestro alrededor para presenciar el duelo. ¿Qué podía hacer? Nada, sólo quedarme mirando, como aquellos peones, y confiar en que mis instintos supiesen lo que se hacían. Mi adversario se movió primero, pero su cola estaba todavía en el aire, a mitad de camino, cuando la mía ya descargaba su veneno.

– Llegarás lejos, chico -dijo entre estertores de agonía el vencido-. ¿Cómo te llaman?

– Mi nombre es Viskovitz -bufé.

Dejé aquel cadáver a los necrófagos, me lustré la cola e, instintivamente, me grabé una muesca en el primer somito. Caray, Viskovitz, me dije, caray.

Aquel duelo no fue más que el primero de una larga serie: cada vez que un escorpión demasiado petulante proclamaba ser el amo del territorio que yo pisaba, mi cola decidía indefectiblemente lo contrario. Todo aquel inútil derramamiento de linfa no habría sido necesario si yo hubiese sido un tipo sedentario, pero las mías eran las patas de un nómada solitario, y no podía hacer otra cosa que ir a donde me llevaran. Hasta que nadie osó interponerse en mi camino, y un día oí cómo un animal provisto también de quelas, que observaba a una prudente distancia, decía:

– Mira, hijo mío, aquél es Viskovitz, ¡la cola más rápida del Oeste!

La población de las dunas empezó a acudir a mí para enderezar entuertos y dirimir disputas, y había quien hubiera pagado cualquier precio, en presas o en territorio, para contar con mis favores. Pero lo que yo más deseaba era poner mi cola al servicio de la justicia, y así, cuando los honrados hermanos Earp me pidieron ayuda para proteger su pedacito de territorio de la ambición de los riquísimos y prepotentes hermanos Ewing, me puse de su parte de buen grado. En una hazaña que ya se ha hecho famosa, tras haber eliminado uno tras otro a sus sicarios, me enfrenté a los hermanos Ewing cerca de Boot Hill y los maté a los cuatro simultáneamente con un solo golpe de quelíceros, cola y mandíbulas. Si hubiera terminado así, sería una empresa de la que sentirse orgulloso. Pero cuando los cuatro hermanos Earp, radiantes de alegría por aquella victoria, vinieron a mi encuentro para darme las gracias… bueno, los maté también a ellos, de un solo golpe de quelíceros, cola y mandíbulas.

Con el corazón desgarrado, les vi morir, y uno de ellos me dijo:

– Tú no puedes hacer nada, skorpio, es tu forma de ser, eres un paruroctonus maesanensis, una tosca forma de vida que ha sobrevivido sólo gracias a la velocidad de sus reflejos asesinos. No serías tan rápido si pudieses razonar acerca de lo que haces. Basta un nada, una vibración dentro de tu circunferencia crítica, y ¡zas!, tus obtusos reflejos golpean. Es la locura de este ecosistema, que produce máquinas tan incontrolables y estúpidas como tú, Viskovitz.

Luego era realmente cierto. Era un extraño dentro de mi propio cuerpo, impotente ante los automatismos de mi primitivo sistema nervioso. Exudé una lágrima y maldije mi suerte. Había acabado por comprender que el único servicio que podía ofrecer a mi gente era mantenerme alejado. Por eso Dios Nuestro Señor me había puesto en el desierto: para que hiciese el menor daño posible a sus criaturas.

Pero muy pronto alcancé la madurez sexual, y las patas empezaron a llevarme allá donde más alta era la concentración de feromonas femeninas. Un día encontré gran cantidad en el entorno de una escorpioncilla rosada llamada Lara, que tenía el preabdomen convexo y el telson piriforme. Al verme indeciso, quiso tranquilizarme:

– No tengas miedo, Visko, las feromonas sexuales inhiben el reflejo depredador -rió.

Así pues, me fui acercando hasta casi tocarla. Por primera vez, entraba en mi circunferencia crítica un ser vivo y continuaba estándolo. Por primera vez, sentía el aliento de otro arácnido, el calor de su metabolismo. ¡Era un milagro, mi instinto asesino había sido domesticado por la belleza y el amor! Sentí la necesidad de comunicarle toda la emoción de mi alma, toda la ternura de mis sentimientos, pero lo único que conseguí expresar fue una burda y breve descarga de reflejos copulatorios, que además no dieron en el blanco.

– Lo siento, es evidente que en esta materia soy menos preciso que con la cola -farfullé.
– Son cosas que pasan, los escorpiones somos artrópodos más bien toscos, ya verás como con el tiempo nos entenderemos mejor.
– ¿Con el tiempo? ¿Y qué pasaría si la atracción sexual disminuyera? Podría volver el reflejo asesino.
– No disminuirá, ya lo verás. Y, además, no creo que ese reflejo asesino sea algo que el psicoanálisis no pueda curar. Quiero vivir contigo, Visko, criar a tus hijos y envejecer a tu lado.

Por un instante vi mi vida bajo aquella nueva luz. Sería un padre de familia responsable, sentaría la cola de una vez y viviría en armonía con la comunidad. Los domingos asistiría a los oficios religiosos, sin asesinar a nadie durante el sermón, y Dios me bendeciría.

– De acuerdo, Lara. Hagámoslo. ¿Lara?

Pensé que se había quedado dormida. Sólo más tarde me di cuenta de que tenía mi aguijón hundido en su cráneo. Nuestra relación no había superado la prueba del tiempo. Considerándolo un gesto obligado, llevé el cadáver a su familia y busqué en mi yermo vocabulario algunas palabras de aflicción y de excusa, pero lo único que conseguí hacer fue matar cruelmente a sus padres y violar a su hermana. Realmente la vida social no estaba hecha para mí.

Aquel incidente no fue más que el primer desengaño de mi tormentosa vida sentimental, marcada por el fracaso de cualquier intento de mantener una relación afectiva estable, de construir una familia. Una y otra vez se repetía el mismo guión. Siempre llegaba el día en que, al volver de la caza, encontraba a mis seres queridos asesinados por algún bandido. Entonces, como es costumbre hacer en el Oeste, juraba venganza sobre su tumba y me ponía en marcha tras las huellas de los asesinos. Pero aquellas huellas siempre se cerraban sobre su propio círculo, llevaban a mí, el bandido era siempre yo, siempre yo el sanguinario verdugo. Ante la evidencia de mis delitos, buscaba en vano la venganza levantando la cola sobre mi propia cabeza: la palabra «suicidio» no formaba parte de mi vocabulario genético. Mi reflejo asesino se burlaba de mí. ¿Quién podía poner fin a aquellos horrores y hacer justicia?

Los escorpiones somos animales terminales en la cadena alimentaria, por lo que no podía esperar que me matara ningún depredador. Sólo una cola más rápida que la mía podía castigarme por mis pecados. Por fortuna, a raíz de los crímenes, los estupros y las carnicerías que continuaba cometiendo, se había puesto un alto precio a mi cabeza, y empezaban a aparecer los primeros bounty külers: las mejores colas de la zona se reunían formando cuadrillas de vigilancia e intentaban darme caza. Día tras día, mientras les fracturaba el cráneo, no perdía la esperanza de que me retara alguno verdaderamente avezado. Quizás uno de mis hermanos, o incluso aquel padre al que nunca había conocido y que, violando a mi madre, había dado inicio a aquella maldición. Pero fue un perfil bien distinto el que vi aparecer un día por el horizonte.

Era negra como el veneno, llameante como el odio, bella como la muerte. Bajó por la duna, silenciosa como un espejismo, desmadejándose como una odalisca, y se acercó amblando los tarsos y flexionando los escudos, con la majestad de una reina del desierto, con la malicia de una bruja carnívora. Se detuvo a cinco cuerpos de mí, apoyó sobre los tarsos los peines de los palpos y clavó en mí cuatro de sus ojos de langosta.

– No te engañes -silbó-. Estoy aquí para matarte.

Su olor me aturdía, me desarmaba, bloqueaba todos mis reflejos de defensa. Su subyugadora malicia me paralizaba como el veneno que inmoviliza a la presa antes del golpe de gracia. Por fin había encontrado aquello que buscaba: mi derrota. Había llegado el momento de aceptar con gratitud el fin. Y, sin embargo, nunca había sido tan fuerte el deseo de vivir, nunca había tenido tanto sentido la existencia como en aquellos instantes. Y además, ¿qué utilidad tendría mi muerte, si sobrevivía aquella seductora diabólica, aquella máquina de exterminio aún más mortífera que yo?

Aquel pensamiento me proporcionó la furia necesaria para amartillar la cola y adoptar la posición de combate.

Permanecimos inmóviles observándonos fijamente, con mirada glacial y totalmente vacía, nuestros cuerpos entregados por entero al único poder que conocían, la ley de la cola, la única ley del Oeste. Siguió un largo silencio, sólo roto por el rumor de las patas de arañas, ácaros e insectos que se congregaban formando un círculo a nuestro alrededor, para seguir aquel rito tan antiguo como el desierto. El viento silbaba con un sonido siniestramente similar al de un degüello, un canto de muerte.

Entonces se produjo la vibración que esperaban nuestros reflejos asesinos.

Nuestros cuerpos se abalanzaron el uno contra el otro y… observamos pasmados cómo se acariciaban, se buscaban, se fundían en un abrazo tierno y explosivo.

Al final la más azorada era la depredadora.

– Nunca había sido humillada de esta forma, jamás me había sucedido… Te odio, Viskovitz.
– Tampoco tú me eres simpática, pero puedes llamarme Visko.
– Yo… soy Ljuba -dijo con un sonido sibilante.

Durante las horas, durante los días que siguieron, aquel duelo se repitió en numerosas ocasiones, siempre con el mismo resultado de paridad. La victoria estaba destinada a quien primero se cansase del otro. Ljuba estaba convencida de que le sucedería a ella, y no dejaba de echárseme encima para demostrármelo, hasta el punto de hacerme sentir bastante harto de ella; y entonces acababa por golpearla con la cola, aunque con tan poca energía que parecía una caricia. Seguimos así algunas semanas, hasta que un día le dije:

– Ljuba, está claro que entre nosotros existe una primitiva y tosca forma de pasión y que ninguno de los dos quiere ver muerto al otro. Por tanto, lo mejor para ambos será que nos separemos antes de que alguno salga realmente malparado.
– Creo que tienes razón, pero, ¿y los pequeños?
-¿Los pequeños? A ésos será mejor matarlos enseguida después del parto.

Ljuba parió una niñita negra y malvada como ella y un varoncito con la colita vivaz idéntico a mí. Habrá sido por aquel parecido, o quizá por algo relacionado con el olor, pero lo cierto es que no fui capaz de hacer caer la cola sobre ellos: cada vez que me disponía a matarlos, una descarga de reflejos involuntarios me forzaba a llevarlos a caballito, cantarles viejas baladas y preocuparme por su educación. Todos los días, al amanecer, cuando veía a Ljuba enterrar a los pequeños bajo la arena para que conservaran la humedad, sentía horror. La primera vez que se pusieran a lloriquear, probablemente los mataríamos. Y si nosotros los defraudábamos, serían ellos quienes nos matarían. Tarde o temprano volaría alguna cola.

Todas las noches, al volver a casa de la caza con el corazón en un puño, me esperaba lo peor. En cambio, otras veces me sorprendía a mí mismo deseándolo, invocando la catástrofe.

Pero día tras día, un mes tras otro, la vida continuaba tranquila. Los pequeños seguían creciendo sanos y asesinando a sus compañeros de colegio, Ljuba y yo seguíamos adorándonos y haciendo auténticas escabechinas entre nuestros vecinos. Todo seguía en armonía y no había forma de escapar a aquella intolerable, siniestra felicidad.

© Alessandro Boffa, ‘Eres una bestia, Viskovitz’

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  • Esto sí es vivir con el corazón en un puño, y lo demás son tonterías :p

Published in: on Lunes, 18 septiembre 2006 at 8:54 pm  Comments (4)  

4 comentariosDeja un comentario

  1. una frase: “No serías tan rápido si pudieses razonar acerca de lo que haces”, y si razonamos perdemos la partida
    este visko escorpión despues de todo me ha parecido encantador, reamlente tierno, hasta en los bajos instintos podemos encontrar una pequeña luz

    besos

  2. Cuando el escorpión encuentra a alguien semejante a él se produce la química, el miedo y el deseo, lo que da fuerza a la relación, un arcaico modo de compararlo con la pasión.
    Si uno de ellos es más fuerte, siempre vencerá al otro. Su “muerte” sería el simbolo de la ruptura, del fin.
    Un relato muy interesante, se puede interpretar mucho con él.
    Gracias por compartirlo Sonja.
    Un abrazo

    Berta

  3. Hacía tiempo que no leía un cuento con tanto placer. Delicioso humor negro, perfecto en su extensión y en su forma. Gracias guerrera.

    Pd. Será que obtenga alguna respuesta?, tal parece que ando navegando en un fascinante y estimulante mundo abandonado. Espero estar equivocada.

  4. Un placer que te haya gustado Ruth :-)

    No es un mundo abandonado, afortunadamente. Quizás si un poco retirado de mi frenesí actual. Pero sigo aterrizando siempre que mi caos me lo permite.

    Espero que leyeras algún otro cuento más de Boffa, valen realmente la pena ;-)


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