¿El Mal tiene nombre de Mujer?

Seducción

No nací ayer, y en el tiempo que llevo vivido he llegado a comprender, aunque nunca a admitir, ciertos comportamientos humanos que ni siquiera en los animales podemos encontrar…

¿Quienes son los animales?, ¿Dónde termina esa fina línea que nos separa de la supuesta bestialidad y dónde comienza el abrupto camino hacia la misoginia o hacia el machismo acervo?, ¿Quién dio a los humanos-macho el poder y la verdad para decidir un buen día que nosotras éramos el mayor mal de la humanidad?

Nadie es superior al otro, y cada cual debe desempeñar el rol que le determina y que posee la misma importancia que cualquier otro. Luchamos por redefinir nuestra feminidad perdida, en un cántico continuo a la mujer plena y no al monstruo, sin percatarnos de que, a menudo, también muchas de nosotras educamos al macho de forma incorrecta. ¿Machismo?, ¿Feminismo?, singulares palabras que en sí mismas no aportan nada, tan sólo compendios de una idiotez que se extiende cual espada de Damocles sobre nuestras cabezas, siglo tras siglo…

El juego de los sexos va implícito con el nacimiento, pero parece que lo olvidamos con el primer sorbo de calostro materno.

En éste extracto del libro “El Mal tiene nombre de Mujer: Del Olimpo a la Meca del Cine”, escrito por Mª Ángeles Cruzado Rodríguez, puede comprobarse ese devenir en el tiempo y que, desgraciadamente, no parece mejorar:

 

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“El mito de la mujer fatal surge en el siglo XIX, en una época marcada por la Revolución Industrial y el nacimiento de la sociedad burguesa, caracterizada por una doble moral que encerraba a las esposas entre las cuatro paredes de la demora conyugal, mientras los maridos buscaban fuera el placer sexual. Tradicionalmente el imaginario patriarcal ha representado a la mujer ciñéndose a la rígida dicotomía virgen – prostituta; existía un tipo de mujer pasiva, abnegada, sometida al hombre, de rasgos angelicales, y otra más orgánica, activa, fuerte y carnal, a la vez fascinante y dañina para el hombre.

La mujer fatal no es sólo un producto de esa época de grandes cambios sociales; para hallar las raíces de este mito hay que ahondar mucho más, siguiendo el rastro dejado por una gran cantidad de representaciones femeninas, a lo largo de toda la Historia del Arte y la Cultura, que nos llevarán hasta el origen mismo de nuestra tradición, allá en la Grecia clásica, fuente de la que bebe todavía hoy el imaginario colectivo de la sociedad patriarcal.

Desde que, en su afán por relegar a la mujer al ámbito privado del hogar, el hombre empezara a deshacerse de las diosas madres, tanto en la tradición helenística como en la cristiana, las divinidades creadoras siempre masculinas, o como afirma W. Otto, “no sólo son de sexo masculino, sino que representan con toda firmeza el masculino. Aunque Atenea se une a Zeus y Apolo en su suprema tríada, ella desmiente el carácter femenino y se hace genio del masculino.”

Las deidades femeninas se suelen identificar con los paraísos, y de ellas depende la fertilidad de la tierra y las plantas. Cuando empiezan a aparecer más profusamente figuras de mujer, estas son portadoras de todos los males, como Pandora o Eva.

La primera fue enviada al mundo como castigo, después que Prometeo robara el fuego del Olimpo para darlo a los hombres. Pandora poseía una impresionante belleza y una excesiva curiosidad, que la llevó a abrir la caja que le había entregado Zeus, con todos los males que azotan hoy al mundo. Eva también tentó con su hermosura a Adán para que comiera del fruto prohibido, y las consecuencias de su conducta desobediente son de sobra conocidas. Desde el principio existe, por tanto, la dualidad que identifica al hombre con el bien y a la mujer con el mal. “El género femenino, en los albores de la humanidad no desempeña otro papel, según testimonian múltiples pasajes, sino el de encarnar la fuerza del mal”, afirma González Ovies.

A la mujer se la identificaba con la astucia, la trampa, la monstruosidad, la locura, y con el empleo de artimañas y trampas para llevar al hombre a la destrucción. La bella Helena dejó a su marido, Menelao, para huir con Paris, hecho que originó nada menos que una guerra, cuando el esposo despechado tomó Troya para vengar la afrenta. La hermana de Helena, Clitemnestra, fue también una esposa adúltera, que además mató a su marido, Agamenón, para huir con su amante Egistro. Sin embargo, ambas mujeres recibieron al final la muerte como castigo.

También asesinó a su compañero Circe, sirviéndose de uno de sus brebajes de hechicera, para reinar en solitario. Más tarde, tras su huida a Italia, se dedicó a atraer y encantar a los marineros para robarles y transformarlos en bestias.

Un comportamiento similar se atribuye a las sirenas, seductoras aves con cabeza y pecho de mujer, que con sus cantos confundían a los marineros y los hacían chocar contra los arrecifes. Otra extraña criatura, Medusa, no destacaba por su belleza, sino todo lo contrario. Su cabellera estaba formada por numerosas serpientes y sus ojos lograban petrificar a todo aquel que osara sostener su mirada.

Una famosa reina, Yocasta, se casó con su hijo Edipo sin conocer la verdadera identidad de este, pues creía haberlo matado cuando era pequeño. Al conocer la realidad, lloró hasta quedarse ciega y más tarde se quitó la vida.

Tampoco escatimaba en maldades Hera, esposa de Zeus. Ante las infidelidades de este se mostraba celosa y vengativa con las amantes de su marido y con todo aquel que no se plegara a sus deseos. A las Plétides, que decían superar su belleza, las hizo creerse vacas.

Otra hechicera, Medea, tras ser rechazada por Jasón para casarse con la princesa de Corinto, se vengó provocando un incendio en el que murieron todos los habitantes del palacio real.

Existía en Grecia una divinidad, Dionisos, que es considerada por algunos como el primer dios hermafrodita, porque reúne a la vez rasgos femeninos y masculinos. Es el dios del desorden, la irracionalidad, el caos, los excesos, las orgías y borracheras, el goce, lo natural… Se trataba de un dios social, pues en sus bacanales había sitio para todos, incluidas las mujeres, que no gozaban de la condición de ciudadanas de la polis. A ellas iban destinados los ritos dionisiacos; constituían su séquito y eran sus sacerdotisas, las llamadas ménades o bacantes, mujeres semidesnudas, con el pelo suelto adornado con pámpanos, que se entregaban a la lujuria y la embriaguez en las orgías llamadas bacanales. Lo mismo hacían brotar de la tierra surtidores de leche y miel que raptaban a niños y descuartizaban a hombres, como le sucedió, por ejemplo, a Orfeo.

Pero si hay un ejemplo de feminidad perversa especialmente llamativo en la mitología griega, ese corresponde a las Amazonas. Descendientes de Ares, dios de la guerra, eran un pueblo de cazadoras y guerreras, hasta el punto de quemar su seno derecho para utilizar mejor el arco. Usaban a los hombres sólo en cortos periodos, con el fin de procrear, y conservaban sólo a las hijas, a las que les imponían matar a un enemigo antes de casarse. Si nacían hijos varones, les quitaban la vida o los mutilaban. Aparte de cubrir sus necesidades reproductivas, los hombres sólo podían permanecer a su lado como siervos. A pesar de su potencial guerrero, fueron derrotadas por los atenienses, pues – como se puede notar hasta ahora – toda figura femenina perversa merecía un castigo. Para Fernand Comte, “poco importa que haya existido realmente ese pueblo de mujeres y que haya realizado esos grandes hechos. Representa el sentimiento de culpabilidad de una sociedad masculina, el miedo de una separación irremediable de sexo y / o de una sumisión de los hombres a las mujeres.”

Jorge David Fernández habla también de ese miedo de los hombres hacia las mujeres, como causa del gran menosprecio con que estas son tratadas por la mitología, que las presenta como seres terroríficos; este hecho contrasta con la situación real de discriminación que soportaban las mujeres griegas; muchas incluso sufrieron depresión por ello, de ahí quizás ese carácter irracional que se les atribuía.

El cristianismo, como se ha dicho, no ha sido mucho más benévolo a este respecto. La Biblia está plagada de mujeres que se ajustan perfectamente a ese prototipo negativo del que estamos hablando. Según las tradiciones judías, no fue Eva, sino Lilit, la primera mujer creada por Dios, y también la primera que se atrevió a demandar la igualdad entre sexos, al negarse a colocarse debajo de Adán durante el coito. No se dejó forzar y desapareció, libre, en el aire. Fue la primera pero no la última en causar problemas a los hombres. Betsabé impactó con su belleza al rey David, que por ella cometió adulterio y mandó matar a su marido.

Para liberar a su pueblo, cercado por los asirios, sedujo Judith a Holofernes y luego lo degolló. Dalila utilizó sus encantos para reducir a Sansón, al que cortó el cabello, origen de su fuerza. Otra mujer fascinante, Salomé, desplegó todo su erotismo mientras ejecutaba la danza de los siete velos y así convenció a Herodes para que matara a Juan el Bautista.

Estos son sólo algunos ejemplos de la misoginia y el desprecio con que la tradición ha tratado a la mujer; hay también figuras históricas que son especialmente conocidas por la maldad que se les atribuye, aunque no siempre esa perversidad está demostrad. De la famosa reina Cleopatra tradicionalmente se nos ha dado una imagen de mujer enérgica y sensual, aunque hoy parece claro que su supuesta belleza, al menos, no corresponde a los cánones actuales. Mesalina, mujer de Claudio, es conocida por su lascivia y sus numerosos amantes. De Lucrecia Borgia, hija del papa Alejandro VI, se dice que mantuvo relaciones incestuosas con este, que dieron como fruto un hijo; se la conoce además por su fama de mujer pecadora, libertina y autora de varios asesinatos, aunque hoy en día el mito está bastante cuestionado. Otra figura controvertida es la de Catalina de Médicis, a la que se conoce como instigadora de las guerras de religión entre católicos y hugonotes. A pesar de la distancia temporal, estas historias o leyendas son el sustrato del que se nutre el imaginario occidental, y durante siglos han propiciado la aparición de representaciones en el arte y la literatura que no favorecen para nada al sexo femenino. La mujer sigue siendo vista por muchos como fuente de placer y, a la vez, de terror, tal vez por el miedo de los hombres a lo desconocido, a lo Otro.

El mito de la mujer fatal nace en la literatura y en el arte en el siglo XIX, como consecuencia de la Revolución Industrial, que provoca un sentimiento de desilusión, al verse la naturaleza amenazada por el progreso, la modernización y la urbanización. La razón, escribe Giuseppe Scaraffia, transforma la realidad en monstruos, y como consecuencia de las ansiedades y temores masculinos, debidos a la diferencia sexual, se llega a una excesiva mitificación del cuerpo femenino; además, en esa época están en boga las teorías de Freud, que ayudan a justificar el sentimiento de angustia ante la mujer, por el peligro de castración que esta supone para el hombre. Para someterla y neutralizar así la amenaza, hay que controlar la sexualidad femenina. Se impone, por tanto, un prototipo de mujer piadosa, pasiva y sumisa, de rasgos angelicales, confinada en la esfera del hogar y la maternidad. El modelo contrario, el de la mujer orgánica, activa y sensual, que disfruta de los placeres del sexo, se considera muy negativo. No hay que olvidar, sin embargo, que la doble moral de la época llevaba a los hombres a casarse con mujeres del primer tipo, por exigencias sociales, aunque luego acudían a las del segundo para satisfacer sus deseos más carnales.

En el siglo XIX, los pintores prerrafaelistas se hicieron eco de esta dicotomía, mostrando una especial fascinación por la mujer fatal, a la que representaban con una belleza turbia, perversa, sensual y orgánica, destructiva para el hombre; recuperaron historias mitológicas y bíblicas para representar, por ejemplo, a Eva. Se trataba de mujeres activas, vigorosas, fuertes y sexualizadas, que surgían en parte como respuesta a la amenaza que suponía el incipiente – y marginal – feminismo de la época

En la literatura del XVIII y primera mitad del XIX se encuentran ya, según señala Scaraffia, imágenes precursoras de la mujer fatal, como Manon Lescaut, cortesana de ojos negros, la Marquesa de Merteuil, que usa a su ex amante como ejecutor de sus maldades, Charpillon, capaz de jugar con el mismo Casanova, o la Cleopatra de Gautier, que ofrece a sus amantes una noche de amor para luego provocarles la muerte. No se queda atrás la Carmen de Mérimée, perdición del soldado que por ella se hace contrabandista y termina asesinándola, despechado, por sus infidelidades. La historia de Salomé ha servido a Huysmans y Flaubert como inspiración de sus novelas, aunque quizás una de las más perversas protagonistas sea Lulú. El personaje creado por Wedekind destaca por su monstruosidad; sin conciencia ni remordimientos, seduce y siembra la muerte a su paso. El que la posee encuentra su perdición, y ella no se libra del merecidísimo y mortal castigo.

Estas fatales decimonónicas normalmente se caracterizan por su rostro ambivalente, que les permite mostrarse como ángeles o demonios, según las ocasiones. Provocan sentimientos de amor y odio al mismo tiempo. Su seducción puede alcanzar tintes hipnóticos y privar a la víctima de toda razón. Su mirada es fascinante, seductora y asesina, como la de Medusa, hace sucumbir al hombre.

Las hay con rasgos infantiles, como la Eva de Giovanni Verga. Emplean la seducción como un juego, en el que el hombre debe seguir las reglas que ellas marcan.

El cabello suelto es un elemento transgresor y seductor; su belleza es imperfecta y a veces tiene algo de andrógino, como la pelusilla sobre el labio superior; esto aterroriza a los hombres, que fetichizan el cuerpo femenino en busca de algún tipo de alivio. Otros encantos de esta fémina son sus movimientos felinos y sus curvas sinuosas, envueltas en pieles, encajes y transparencias, maquilladas yperfumadas, artificiales y misteriosas. Sin embargo, su estética no siempre resulta de buen gusto, pues más bien son una imitación vulgar de un modelo más refinado. Eso sí, muestran su cuerpo sin pudor, se ofrecen como mercancía, como bailarinas o prostitutas. A pesar de su disponibilidad, se entregan cada vez como si fuese la primera, envueltas en un halo de inocencia y castidad. No en vano la ambigüedad es uno de sus rasgos más característicos; la mujer fatal es generosa y pérfida, fácil y a la vez inalcanzable; sólo la posee el que se convierte en su esclavo. A pesar de su apariencia frígida, ofrece un placer infinito.

Su posición es la de total dominadora; es ella la que elige y lleva las riendas de la relación. Cuando el enamorado se le declara, la fatal ya conocía sus sentimientos desde hace tiempo, por lo que se muestra indiferente. Una vez rota la relación, ella vuelve a atraer al amante, para seguir jugando con él. Sólo puede ser amada a distancia, como una diosa pagana, confundida entre la multitud; ahí reside el secreto de su fascinación, en su banalidad, en ser igual a las otras pero a la vez diferente, fatídica. Sólo el dandy puede gozar sin temor de esta mujer inmoral, peligrosa pero disfrazada de bondad, que despierta en el cortejador el complejo de Edipo pero que al final resulta no ser más que una falsa madre. Como manda la tradición, eso sí, la fatal merece al final ser castigada con la muerte.

Precisamente en ese fin de siglo, también como consecuencia del progreso industrial, surge un nuevo tipo de arte, el cine, que en sus comienzos bebió hasta la saciedad de las fuentes literarias y pictóricas. El arquetipo de la mujer fatal no tardó en ser absorbido por este nuevo medio, que se convirtió en un terreno más que propicio para su desarrollo y amplificación, y a ello contribuyó especialmente el culto al “‘star system”.

En sus primeros años de vida, cohibido por su moral puritana, Hollywood se resistió a introducir figuras de mujeres seductoras y perversas, y optó más bien por reivindicar el arquetipo contrario, el de la ingenua inocente y frágil, encarnada por actrices como Lilian Gish. Fue, pues, en el viejo continente donde en las primeras décadas del siglo XX empezaron a surgir imágenes de mujeres frías, escandalosas, devora-hombres, y fuertemente seductoras. El cine danés introdujo la figura de la vamp, que “juega, no goza. Su seducción es perversa y su frialdad encandila y esclaviza al espectador.”

Se trata de una ““mujer-objeto hecha para el placer (…) cuyas características primordiales son el impulso destructivo de sed de violencia y poder, además de provocar un desencadenamiento fatídico.”

El cine italiano, por su parte, presenta a la vamp latina, la gran prostituta mediterránea, adornada con joyas y plumas cual odalisca, lasciva y dominadora.

El cine norteamericano, sin embargo, no tuvo más opción que rendirse ante la gran popularidad de estas vampiresas, y acabó importando el estereotipo…”

No voy a continuar, pues la idea no era esa. Si queréis leerlo completo AQUÍ lo podéis visualizar en formato ‘.pdf’.

No nos engañemos. La igualdad se consigue pacíficamente, con el respeto mutuo, y no porque pongan a una señora sobre un escaño del parlamento, vestida de Armani y permanentada hasta las cejas… o porque a una empresa le den una subvención si contrata a mujeres. Eso no es igualdad; eso es el mayor de los menosprecios, ni más ni menos.

Que cada cual lo entienda como quiera o como mejor le vaya en sus justificaciones personales.

© Sonja (2006)

 

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  • […]cuanto más noble y perfecto es un ser, más tardo y lento es en llegar a la madurez. Un hombre difícilmente llega a la madurez de su potencia razonadora y sus facultades mentales antes de los veintiocho años, mientras que una mujer lo hace a los dieciocho… (Arthur Schopenhauer)

  • Valiente necio, aunque un gran filósofo…
Published in: on Sábado, 21 octubre 2006 at 5:55 pm  Comments (13)  

13 comentariosDeja un comentario

  1. Está claro que la mayor parte, por no decir todas, de las anécdotas que nos cuentan sobre mujeres en la historia están hechas por hombres. No se con que fin, como no sea ese miedo que nos puedan tener.
    Con lo buenas que somos =)

    Y es muy machista por tu parte poner eso solo para que los hombres pongan sus medidas. ¿Y si alguno quiere saber las mías?

  2. Exactamente, ¿y si por ejemplo yo quiero saberlas? :D

    Y sobre el texto, bueno, pienso que sí que existe algo de miedo en nosotros, porque sois más complejas y cuando alguien se siente atrapado por aquello que desconoce muy a menudo prefiere utilizar la fuerza antes que admitir sus carencias o valorar aquello de lo que cada sexo dispone.
    Y como sois tan terriblemente preciosas, a veces es dificil pensar con un minimo de claridad si os tenemos delante. Con esto no justifico las actitudes de algunos hombres, tan solo explico qué es lo que puede ser que las provoca según lo que casi a diario veo en muchos de mis pacientes….

  3. Lo dijo Mae West: cuando soy buena soy muy buena, cuando soy mala soy mejor.

  4. Mae West, una gran mujer a pesar de sus detractores. Un espíritu incomprendido, probablemente por miedo o incapacidad para imitarla…

    Me encanta su frase: “¿Tienes una pistola en tu bolsillo, chico, o es que te alegras de verme?” :p:p:p

    Susa y Levi: Me interesan sólo las medidas de los hombres y, sea machista o no (a tu parecer, Susa, desde luego), me la trae al pairo…

  5. Yo siempre me alegro de verte :)))

  6. El problema es que desde hace siglos se reclama algo que no tendría porque reclamarse, en el resto de las especies no hay esa desigualdad y además la hembra siempre es la que tiene la última palabra en cuanto a una relacción reproductoria (ya que solo los humanos y los delfines tenemos sexo sólo por placer).
    Y lo dejo, que yo cuando me embalo soy pelibrosa :P

    Dark kisses

  7. Es verdad, reclamamos algo que por derecho nos pertenece y no se nos puede quitar. Lo que yo si voy a reclamar es mi derecho a poder dar mis medidas en tu blog aunque sea mujer =)

  8. ¿En qué idioma tengo que decir que no me interesan las medidas de las mujeres que paséis por aquí, y que cualquier reclamación será desestimada dictatorialmente?

  9. Es igual, aunque lo digas en chino, reclamo el derecho a igualdad de condiciones para los dos sexos.

  10. ¿Tú no entiendes la palabra “dictatorial”?…

  11. No.

  12. ja ja ja

    No importa. La dictadura no me permite que te lo explique :p

  13. pues segun la genetica, yo no diria eso de que el hombre es primero, ya que hay mas probabilidades de que nascan mujeres que hombres por el cromosoma x, y cuando nos estamos formando en el vientre todos tenemos clitoris, si la criaturita es mujer este se queda de su tamaño y es forma la vagina, pero si la criaturita sera hombre este “clitoris” crese para ser sus organos reproductores, esto demuestra que todos somos “mujeres” en cierta forma, al principio, y por otro lado:para los hombres lo mas importante deberia ser la mujer, y para la mujer el hombre, ya qque son una dualidad perfecta.
    eso del machismo fue mas culpa de los cristianos que otra cosa ellos reforzaros eso


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