Los mundos de Visko (y 9)

¡Bonitas porquerias, Viskovitz!

Los Suidas se encuentran por casi todo el mundo, repartidos en diferentes especies. Marranos, cerdos, cochinos, puercos… son distintos sinónimos con los que conocemos a éstos gustosos animalitos ungulados no-rumiantes de alimentación omnívora; apelativos comúnmente utilizados para vilipendiar (amistosamente, o no) a ciertas personas con deficiencias en la higiene o el orden o, sencillamente, para hablar del Cerdo…

“El fallecimiento de mi madre, bendita sea aquella guarra, me dejó un vacío imposible de llenar y señaló, pobre de mí, el inicio de aquella luctuosa cadena de acontecimientos que me llevó a la perdición.”

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¡BONITAS PORQUERÍAS, VISKOVITZ!

Puerco se nace, y nosotros los Viskovitz lo éramos desde hacía varios millones de años. Pero no siempre resultaba fácil recordarlo. Donde vivíamos nosotros, un poblado de nómadas hmong del sur de China, habitábamos bajo un mismo techo hombres, mujeres y cerdos. No en vano el ideograma jia (un cerdo bajo un tejado) significa «familia». Éramos un bien tan precioso para aquella gente que, si no había ninguna cochina, eran las mujeres quienes daban de mamar a los lechones.

Todo esto no dejaba de crearnos a los cerdos cierta confusión mental.

Precisamente para dejar las cosas bien claras, las últimas palabras de mi madre antes de ser degollada fueron:

– Recuerda siempre lo que eres, hijo mío: un puerco. Intenta comer siempre porquerías, comportarte como un marrano y pensar cochinadas. Haz que tu casa sea una auténtica pocilga, y, sea con quien sea, desahógate con todas las guarradas que se te ocurran, como hizo aquel gran porcachón de tu padre.

– Sí, mamá, te lo prometo – gruñí entre sollozos.

Y metí el hocico en la artesa para no oír los ruidos de la matanza.

El fallecimiento de mi madre, bendita sea aquella guarra, me dejó un vacío imposible de llenar y señaló, pobre de mí, el inicio de aquella luctuosa cadena de acontecimientos que me llevó a la perdición.

Se habían iniciado las celebraciones del chun jiè, el inicio del año chino; el año del Dragón daba paso al de la Serpiente. Eran días de fiesta para los hombres y de luto para los cerdos. Aunque ni siquiera para nosotros faltaban las ocasiones felices, la oportunidad de hacer vida social y disfrutar del jolgorio. Los habitantes de los poblados vecinos se reunían para celebrar las danzas propiciatorias, los ritos de la siembra y el trueque, y era también entonces cuando se realizaba el cortejo y se concertaban los matrimonios. Para que pudiesen tener lugar las nupcias, éramos necesarios nosotros, los puercos.

Precisamente entonces, una joven de nuestra cabaña estaba contrayendo matrimonio con un muchacho del poblado vecino, y el tipo se había presentado con una dote de dos cochinillos de leche y una cochina. Podría parecer que aquella dote dejaba mucho que desear, pero sólo para quien no hubiera visto a la cochina. Por lo que a mí respecta, fue lo único que estuve mirando durante todo el tiempo que duró el matrimonio. Era una venus mantecosa y de grandes nalgas, con el cuero de color claro y el hociquillo prominente. Su olorcillo de babirusa y el rabito acaracolado hablaban dulcemente a las partes más puercas de mi corazón. Se adelantó muy erguida, anqueando. Comprendí de inmediato que se sentía la reina de las cerditas.

– Yo soy Ljuba – gruñó –, que en nuestro dialecto significa «perla entre los puercos».

¡Madre mía, qué tipito!

– Y yo soy Viskovitz – rebudié.
– ¿Y significa?
– Nada. Que soy un sucio porcachón que se llama Viskovitz, damisela… Ven aquí… ¿Sabes que tienes un hocico realmente bonito?
– ¿Hocico? Un bonito semblante, querrás decir.
– Claro, claro… – Había empezado a masajearle la piel con el morro, podía decir lo que quisiera –. …Y tienes también un bellísimo cuero…
– Una bella y rosada textura carnosa, querrás decir.
– Sí, sí, claro… – Gruñendo y babeando le agarré el espaldar –. Ah, qué hermosos jamones… quería decir miembros, condesa…

Fue entonces cuando se giró de golpe y me soltó tal dentellada con sus colmillos en la cabeza que me hizo ver los diez tien gan del año lunar uno por uno.

– ¿Por quién me has tomado, por una de tus puercas putitas?
– No veo a ningún otro macho en esta porqueriza.
– Yo no pertenezco a nadie, sino a mi alma (lu wu), que ha sido alimentada por las enseñanzas de los Ocho Inmortales (Ba Xian) y de los Quinientos Santos (Luo Han), a mi mente (fu), que he cultivado en la práctica del Qui Gong y en el respeto de los Cinco Cánones (Wu Jing), a mi dignidad (kun) y a mi vida (lin), que está al servicio del bien y de la suidedad.

Me quedé de piedra, atocinado. ¿Qué puedes decirle a una cerda que te habla de la suidedad?

Señaló con los colmillos a los hombres, el novio y la novia, que estaban bailando.

– Fíjate con qué delicadeza tratan los hombres a sus mujeres. ¿Qué tienen ellas que no tenga yo?, ¿acaso soy inferior?
– Por supuesto que no.
– Paso por renunciar a la ceremonia del peinado (shan tou), paso por prescindir del horóscopo augural (ba zi), pero el día de mi jie hun quiero por lo menos disfrutar de un baile.

Observé a los bailarines. El ritmo que llevaban no parecía difícil, un cuatro por cuatro bastante monótono.

– Daría cualquier cosa por bailar con ellos, Viskovitz, cualquier cosa.

Y así fue, mamaíta, como, aunque movido por las más cochinas intenciones, cometí la primera gran equivocación de mi vida.

A paso de baile, me dirigí hacia el sombrío escenario de mi condenación. Bajo las miradas de pasmo de todos los presentes, suidos o no, Ljuba y yo nos abrimos paso entre los bailarines y, corcoveando en equilibrio sobre las patas traseras, nos dejamos transportar por el delicioso swing de aquella música. La embriaguez de los sonidos y los efluvios del opio me empujaron a improvisar los pasos más audaces, y muy pronto Ljuba y yo nos habíamos convertido en el centro de atención y arrancábamos aplausos. Yo daba vueltas, trenzaba las pezuñas, hacía cabriolas, requiebros y piruetas, luego volvía al romántico papada contra papada. Cuando por fin me di cuenta de hasta qué punto resultaba ridículo, ya era demasiado tarde. En aquellas reuniones siempre había comerciantes de opio y de jade, dispuestos a adquirir cualquier cosa de la que pudieran sacar beneficios. Uno de ellos pensó en ganar dinero a nuestra costa.

Fuimos vendidos a un circo de Shanghai, y así se inició el largo vía crucis de mi mortificación. Mi amor por Ljuba se convirtió en el argumento de un número de clowns, que creció hasta transformarse en un auténtico supershow interpretado por doce cerdos. Había el número del domador de puercos, había cochinos subidos al trapecio o en monociclo, pero sobre todo estaba el gran baile final, con una impresionante coreografía de cerdos ataviados con un tutu blanco, en el que, yo con mallas azules y Ljuba con tutú rosa, realizábamos nuestra exhibición al compás de una sonata de Strauss.

Todos los machos fuimos castrados.

A esas alturas sentirse un verdadero puerco era realmente difícil, mamaíta. Yo intentaba desesperadamente revolcarme en el lodo, gruñir las más sucias obscenidades, pero ya no era lo mismo. Todas las noches, cuando abrazaba a Ljuba bajo la luz de los reflectores, buscaba más la comunión de nuestras almas que el contacto de la piel. Pero en sus ojos sólo veía reflejada la repugnancia que sentía por aquel payaso gordo y castrado. El público aplaudía entonces mis lágrimas y el imponente sentido trágico de mi rítmico ademán. Cada vez se hacía más importante para mí el momento en que, saludando con una inclinación para recoger el tributo de la platea, celebraba con los nuevos placeres de la vanidad el triunfo de mi derrota.

Pero las humillaciones no habían terminado. Cierto día, durante una tournée por Japón, una anciana mujer de negocios tejana vino a verme al camerino, me felicitó, se tomó la libertad de acariciarme y cerró un trato mediante el cual tomaba posesión de mi persona, desembolsando, como supe más tarde, ciento veinte mil dólares, la cifra más alta que se haya pagado nunca, imagino, por un suido.

Volé con ella hasta Dallas y de allí, en un helicóptero privado, a su villa de Amarillo. Las costumbres licenciosas de la vieja me habían hecho suponer al principio que quizá quisiera satisfacer algún extravagante capricho erótico. Pero no era así. Aunque mi señora tampoco pertenecía a una liga protectora de la raza suida.

La vieja tenía una hermana que había estirado la pata hacía poco, dejando un testamento que decía más o menos así: «Dejo todos mis bienes a aquel cerdo de Adrian J. Stinson, el único que alguna vez ha hecho que me divirtiera, el único que sabía bailar un fox–trot haciéndote creer que se trataba de un tango».

Puesto que el pobre señor Stinson había ya fallecido en un hospicio, los abogados de la vieja estaban haciendo los manejos necesarios para que «aquel cerdo de Adrian J. Stinson» resultase ser yo, lo que me convertiría en el único heredero, de forma que el dinero fuese a parar finalmente a los bolsillos de la vieja. Se trataba de un sucio truco, de una auténtica cochinada, así que me presté de buen grado a participar en la farsa, y no me resultó difícil demostrar que «aquel cerdo» no podía ser otro que yo, aunque no fue fácil seguir el pasodoble con aquella especie de mazurca. Los buenos oficios de los abogados y el poder de la vieja hicieron el resto {«Lawyers these days can turn a case every which way they want, piggy»).

Así fue como me encontré en posesión de una de las más grandes fortunas de Norteamérica. Llegado a aquel punto, ya no había límite para mi degradación. Empecé a ahogar mi dolor en champán, a mascar puros cubanos, a frecuentar a bobaliconas estrellas de cine de pacotilla y politicastros corruptos. Hasta que un día, durante una recepción dada en mi honor, ante un plato de involtini de jamón, decidí acabar con todo aquello. Intenté inútilmente ahorcarme atando la corbata a una lámpara, y luego encontré por fin la forma de tirarme por una ventana. Pero quiso la mala fortuna que rebotase como una pelota contra la lona de un toldo y aterrizase sobre un puesto de sandías. Así que me rompí varios huesos, pero no puse fin a mis miserias.

El incidente no ha hecho más que aumentar mi popularidad, y ahora no paro de ir de una emisora de radio a otra, de promocionar una nueva línea de productos y de posar para las portadas de las revistas. Dice la vieja que seré el primer animal que se convierta en presidente de Estados Unidos, y, desde luego, el dinero necesario para la campaña no me faltaría… ¡Qué lástima, mi querida mamaíta, tú que tenías tantas esperanzas puestas en mí!

Lo peor es que precisamente ahora, cuando gracias a mi poder se perfila la posibilidad de hacer algo bueno para los suidos y para nuestros valores, precisamente ahora, decía, siento una atracción cada vez más perversa, una auténtica dependencia, por la música sinfónica, la pintura flamenca, las sedas blancas, los quesos franceses, el antiguo cine mudo, los Rolls…

Pero te prometo, mamaíta querida, te prometo que si soy elegido…

© Alessandro Boffa, ‘Eres una bestia, Viskovitz’

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  • Más cuentos sobre Visko en:

Las Entrañas de la Bestia

Published in: on Sábado, 6 enero 2007 at 12:39 pm  Comments (14)  

14 comentariosDeja un comentario

  1. ¿Cual sería aquí la moraleja?. ¿Que un cerdo puede llegar a presidente de EE.UU.? (eso es algo que ya sabemos todos jejej), ¿o que dejemos a los cerdos felices en sus pocilgas?. Porque feliz no lo es, o no lo era hasta encontrarle la utilidad a su gran fortuna y así ahogar su desgracia en el lujo…..

    ¿No será la moraleja que todos los cerdos poderosos son unos desgraciados?, ¿o que por muy cerdo desgraciado que seas si tienes poder todo es más llevadero?.

    ¿Sabes que has conseguido confundirme con este cuento? :D

  2. Ja ja ja

    La moraleja es libre aquí, y tú llevas un buen camino al utilizar las tres palabras clave: “desgraciado”, “cerdo” y “poder”. Si jugamos con el trío podremos encontrar moralejas muy reveladoras :p:p:p:p

  3. Desgraciadamente, todos los poderosos son unos cerdos ^^

    xDDDDDDDD

  4. En eso creo que todos estamos de acuerdo :D

  5. un cerdo siempre será un cerdo aunque vista con mallas y tutús
    si lo traspolamos al género humano, todos corremos el peligro de convertirnos como visko en una victima circunstancial de la opulencia
    las excusas nos las sirve nuestra propia conciencia si nos dejamos arrastrar
    una frase: “Pero te prometo, mamaíta querida, te prometo que si soy elegido…”
    me ha gustado esta cruda realidad, cuantos viskos tenemos en puestos relevantes y cuantos hay que quisieran estarlo y así se comportan!

    besos

  6. Y no se cuales son peores, si los que ya están o los que buscan estar a toda costa…..

  7. El poder ciega el entendimiento y eso es tan péligroso y destructivo como una bomba atómica…

  8. seguramente son peores los que quieren estar y no reparan en escrupulos hasta conseguirlo
    los que ya están siempre tienen a otro u otros “cerdos” encima, su falta de escrúpulos está reducida por poderes ilimitados
    a los que quieren estarlo son todavía tan mediocres a ojos de los poderosos que no hay condición que les valga

    besos

  9. ay que me he imaginado al cerdito con mallas azules! jajajaj
    pero fuera de eso el cuento está más que bien n_n
    y sabeis lo que me ha hecho pensar a mi? que todos los que triunfan prestandose a ser comprados estan tan faltos de cariño real que lo suplen asi
    bueno igual estoy equivocado pero me ha venido ese pensamiento, no quiero decir que me parezca bien eh?

  10. Un relato muy interesante Sonja pero en lugar de pensar en una necesidad de cariño, como apuesta ninja, creo que estos seres se mueven empujados por la frustación.

    Cuando existe un sentimiento de frustración somos capaces de cualquier cosa, adoptando todo tipo de poses engañosas.

    Drakko

  11. bueno pero es que los que estan faltos de cariño son unos frustrados eh?

  12. Tal vez ninja, pero hay varios grados. En este caso sería el más nefasto donde la frustración te lleva a ser indigno.

    Drakko

  13. ese sería el final del camino, o sea cuando despues de muchos fracasos te vuelves así si no sabes como conseguir cariño de verdad o no quieres, que tambien puede ser eso
    drakko como me contestes igual ya no se que decirte! jajajaj

  14. Yo creo que los puercos son animales y tienen que ser respetados como nosotros también somos respetados :3


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