Los mundos de Visko (y 12)

No te pares en pelillos, Viskovitz

Los familia de los Fringílidos, caracterizados por su monogamia y su canto armonioso y variado, son una especie restringida al Viejo Mundo que colma de colorido nuestros bosques. Esta tarde, les toca el turno a ellos…

“En la madre de mis polluelos no buscaba tanto un plumaje vistoso como una constitución sana y robusta, toda vez que femenina, un oviducto bien desarrollado, un escrupuloso sentido de la responsabilidad y una moralidad inquebrantable.”

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NO TE PARES EN PELILLOS, VISKOVITZ

Después de tanto migrar, había encontrado un rinconcito como es debido, en un bosque de hayas de la Alta Baviera. Un territorio poco concurrido, frondoso, con una magnífica vista sobre el lago y, lo más importante, a dos golpes de ala del trigal. Tal como os lo digo, trigo. No sé vosotros, pero yo soy fundamentalmente granívoro. También me las arreglo más que bien como frugívoro, insectívoro, caracoles y así sucesivamente. La verdad es que nosotros, los fringílidos con talento, acabamos arrasando en cualquier ecosistema en que nos metáis. Yo ya había pasado por muchos hábitats distintos, y, podéis creerme, no había por ahí ningún sitio mejor en el que nidificar. Ya era hora de que formase una familia, de que naciese mi prole, tipos despiertos como su padre, ansiosos por sacar partido de las enseñanzas del viejo Viskovitz. Así pues, siendo todavía invierno, antes de que fuesen las hormonas las que me indicaran que debía poner manos a la obra, y antes que nadie, me había puesto a construir el nido, disponiendo de todo el tiempo del mundo para proyectarlo, encontrar los mejores materiales y arreglármelo a placer. El nido es lo primero en que se fijan las pinzonas, chicos, de forma que, acabadas las obras, las pájaras casaderas del lugar, no muchas a decir verdad, empezaron a acercarse. En la madre de mis polluelos no buscaba tanto un plumaje vistoso como una constitución sana y robusta, toda vez que femenina, un oviducto bien desarrollado, un escrupuloso sentido de la responsabilidad y una moralidad inquebrantable.

Por eso había elegido a Ljuba.

– ¡Oh, Visko, es un sueño! –gorjeó en cuanto puso la patita en el mirador

No daba crédito a sus ojos.

A la derecha, junto a la entrada, estaba el rincón para los huevos, completamente tapizado de plumón, con sus respiraderos para regular la ventilación y la temperatura. En el rincón de la izquierda, la despensa, con los oportunos compartimientos para el grano limpio y el que estaba todavía sin descortezar. El piso superior no era otra cosa que una lujosa alcoba con vistas al lago, impermeabilizada y tapizada de plumas, hierbas, hebras y flores. Toda la estructura en que se sustentaba la construcción se apoyaba sólidamente en ramas de haya trenzadas a la manera de los tejedores, estaba cementada con arcilla y saliva, como hacen las golondrinas, y los acabados eran de estiércol seco. Había mimetizado las paredes externas con una fragante hiedra, justo lo necesario para ocultarlas a la vista de los depredadores, pero no tanto como para impedir que mis vecinos reventaran de envidia. Y en el futuro, a su debido tiempo, construiría también un nido en plataforma sobre el lago, como hacen algunas fochas.

– Oh, Visko, ¿todo esto es tuyo?

– Nuestro, gorrioncita.

– ¡Estoy tan emocionada!

Había que comprenderla, estaba en su primera ovulación.

– Es el amor –le expliqué–, con el tiempo se pasa.

Y la invité a subir a la alcoba.

– Oh, Visko…

Al cabo de unos días esperábamos los primeros polluelos.

A la espera del feliz acontecimiento, pasaba el rato admirando complacido mi territorio desde la terraza. Resultaba extraño, pensaba, que hubiera tan poca competencia por aquellos parajes: sólo otros tres paseriformes de aspecto bobalicón; con el tiempo podría ampliar mis posesiones tranquilamente, llegar hasta las plantaciones. Era realmente como para envidiar a mis futuros herederos: con un padre como yo, su vida sería una marcha triunfal.

Me puse a saltar de rama en rama, sin ningún motivo particular, porque me apetecía, porque eran mis ramas.

De repente oí un ruido sospechoso y descubrí a un plumífero que se movía con cautela por mi territorio, entre lo que era mío.

– ¡Alto ahí, pinzón! –canté.

– Perdona, Visko. Soy yo, Petrovic… Estoy herido.

Petrovic, mi vecino, se arrastraba por tierra con las plumas ensangrentadas, como si hubiera recibido una perdigonada o algo así. ¿Quién lo había vapuleado de aquel modo?

– Ha sido el cuco, Viskovitz. Me ha dado una buena paliza.

Confieso que sabía realmente poco de cucos. Yo creía que se limitaban a salir de los relojes y hacer «cucú». Petrovic me pintó un cuadro mucho más inquietante. Eran bestias cinco veces más grandes que nosotros y tenían un pequeño vicio.

– ¿Parasitismo reproductivo? ¿Qué quieres decir?

– Esos bastardos no tienen moral, son unos degenerados, Visko. No construyen nidos, se desahogan a sus anchas en las ramas, sin cortejo ni parada nupcial, luego dejan los huevos en los nidos de los demás, se llevan uno de los tuyos y lo sustituyen por el suyo. Sus huevos son más o menos como los nuestros, es imposible distinguirlos. Encima hay ocasiones en que el pequeño bastardo echa a tus propios hijos del nido, hace una escabechina. A López le pasó.

– ¡Santas bandadas!

– Y si eres tan zoquete como para no darte cuenta, sigues embuchándolo durante meses convencido de que es hijo tuyo. Es el caso de Zucotic. Lleva un año manteniéndolo, y va por ahí con un cuco cuatro veces más grande que él diciendo: «¡Mirad qué crecido está mi muchachote!». Nadie ha tenido valor para decirle la verdad…

– ¡Buches benditos!

– Este año he pillado al cuco justo cuando me estaba cambiando los huevos, y le he cantado cuatro frescas.

Pero, evidentemente, había sido el cuco quien había tocado las percusiones.

Pensé inmediatamente en Ljuba. Podía poner sus huevos de un momento a otro. Debía ir al nido sin pérdida de tiempo y montar guardia. Me despedí y levanté el vuelo.

– ¡No pierdas nunca de vista la pollada, Visko! ¡Basta un instante! –gritó Petrovic tras de mí.

Encontré a Ljuba en el salón, repantingada sobre un cojín de flores. Me confirmó lo que había dicho Petrovic: todo el mundo sabía que existen los cucos, eran una de las tristes realidades de la vida.

– Pero nosotros no tenemos por qué preocuparnos, Visko, este nido es un bunker, y además tú no eres tan torpe como todos tus vecinos.

– Claro, claro, pero será mejor que vigilemos.

Esperé durante tres días y tres noches, sin pegar ojo, a que pusiera los huevos. Dios nos concedió tres, blancos, con un óvalo regular. Los medí, y luego, con el pico, cincelé en cada uno de ellos una «V». Ljuba me prohibió utilizar colorantes: ¿y si pasaban a la yema?

Había que estar alerta. Establecí turnos de guardia y de incubación. Yo no pensaba moverme del nido; la despensa estaba bien provista. Me quedaría apostado detrás de la puerta, de forma que si alguien se aventuraba a asomar su sucio pico, le atacaría directamente a los ojos. No podía dejar de pensar en aquel asunto de los cucos. En cómo nosotros, los paseriformes, llevábamos siglos dejándonos engañar. Me sentía herido en mi dignidad de pinzón. La verdad era que muchos paseriformes, incluidos los pinzones, tenían la mala costumbre de comportarse según pautas estereotipadas. Así, si veían un muñeco de paja con un sombrero en la cabeza, aquello era un campesino, y, si veían un polluelo con la boca abierta en su nido, había que darle obligatoriamente de comer. Era obvio que la gente después se aprovechaba. Sería una de las primeras cosas que enseñaría a mis hijos: la virtud de la desconfianza.

En el silencio de la noche, apoyaba la oreja al cascarón y oía respirar a mis pimpollos.

Cuando le tocó el turno de guardia a Ljuba, me concedí un breve sueñecito. ¡Al despertar la encontré roncando, totalmente desmelenada entre los almohadones de plumón!

Le monté una escena, una verdadera bronca. Juré y perjuré, blasfemé, menté a todos los santos con plumas y se las canté bien claras.

– Cálmate Visko, todas tus «V» continúan en su sitio. Acabo de dar a luz, no puedes seguir martirizándome así.

– ¡Y todavía tienes el valor de abrir el pico! ¿Acaso crees que me he pasado toda la vida matándome a trabajar para que lo disfruten alegremente los hijos del cuco? ¿Te parece que mi linaje se ha mantenido firme durante milenios de competencia genética para que un buen día un cuco vividor pudiera tener baby-sitter?

Volví a inspeccionar los huevos y os juro que, ¡diantre!, una de aquellas «V» tenía una caligrafía extraña. Pasé otros tres días sin pegar ojo, dando vueltas alrededor de los huevos, rezando y maldiciendo. Tenía los nervios a flor de plumas.

Por fin rompieron el cascarón. Dos machos y una hembra. Causaban un poco de impresión: tres cuerpecitos flacos y desplumados, con un enorme pico abierto de par en par y piando sin cesar. Los examiné atentamente.

– ¿No son un amor?

– Supongo que sí –respondí circunspecto, mientras observaba con detenimiento el del centro.

Era claramente distinto de los otros dos.

– Mira, éste tiene el plumón rojizo.

– Se le ha quedado pegada un poco de yema, Visko, eso es todo.

– Vale, pero no estará de más que lo vigilemos… ¿Y por qué demonios chilla más que los otros?

– Porque hace una hora que le tiras de las plumas, Visko.

– Es posible. De todas formas, lo más prudente será aislarlo de los otros dos.

– ¿Estás de broma? ¿Te das cuenta de lo traumático que sería eso para él, pobrecito? Además, piénsalo: si fuese lo que tú temes, sería el más corpulento de los tres, y en cambio es más grande el otro macho.

– Ya, será mejor que nos andemos con ojo también con el otro.

En el momento en que pronuncié la palabra «ojo», se me empezó a nublar la vista. ¿Cuánto maldito tiempo hacía que no pegaba ojo?

– Los pequeños necesitan proteínas, Visko. Haz algo, intenta encontrar alguna lombriz, una oruga, una culebrilla. En realidad lo ideal sería una buena culebrilla.

¿Una culebrilla? Se dice pronto. ¿Dónde iba a encontrar una culebrilla a aquellas horas?

Sea como fuere, emprendí el vuelo. El aire fresco y los continuos cabezazos que me daba contra las ramas me despertaron un poco. Di vueltas arriba y abajo, hasta que finalmente, una vez más, mi habilidad y mi minucioso conocimiento del terreno tuvieron su recompensa. Con las primeras luces del amanecer, volvía al nido con una hermosa culebrilla.

– Bravo, Visko –gorjeó arrulladora mi Ljuba–, sabía que lo conseguirías. Trae aquí.

– ¡Ah no! ¡Quiero dársela yo!

Dividí en tres partes mi presa, las desmenucé y empecé a dar de comer a la hembra.

– Gracias, papá –pió.

– ¿Has oído? ¡Ya sabe decir «papá»! Ésta sí que es de los nuestros.

A continuación le di de comer al macho del plumón amarillo.

– Gracias, papá –farfulló.

– ¿Has oído? También éste me parece un tío despierto.

Luego cogí lo que quedaba y se lo serví al tipo del plumón rojizo.

– Gracias, Visko –canturreó–, no estaba mal la culebrilla.

Sentí que un frío estremecimiento me recorría los huesos.

– ¡Es él! –maldije–. Es él. ¡Desde el principio supe que el bastardo era él!

Lo agarré por el pescuezo.

– ¡Confiesa! ¡Confiesa, miserable! Querías jugármela, ¿eh? Creías que te saldrías con la tuya, ¿no, mamarracho?

El tipo se echó a llorar como si le hubiese degollado. Ljuba se abalanzó sobre mí y empezó una auténtica batalla campal. Para cuando quise darme cuenta, me encontré inmovilizado con las alas contra el suelo.

– ¡Como te atrevas otra vez a tocar a uno de los pequeños te mato! –bufó encolerizada–. ¡Y te digo de verdad, tan cierto como que Dios existe, que, si vuelvo a oír hablar de cucos, cojo a los pequeños y me largo! –Estaba furibunda–. ¡Es más, me voy ahora mismo!

– Espera, mi vida, no nos precipitemos. Sabes que te quiero, a ti y a los pequeños, lo sois todo para mí. Perdóname, ya no sé lo que me hago. Con todo este asunto de los cucos…

– ¡No quiero volver a oír esa palabra!

– Vale, vale. Quizá lo único que necesito es un buen sueño. Un sueño bueno y largo.

El pequeño seguía gimoteando entre las alas de Ljuba. Yo ya no podía más.

– Me caigo de sueño, Ljuba. Vigílalos, te lo pido por favor… quiero decir que… bueno, ocúpate tú.

Caí dormido como un tronco.

Cuando desperté, Ljuba y los niños habían desaparecido. El nido estaba patas arriba, como si hubiese pasado un alcotán.

– ¡Ljuba! –grité.

– Estamos aquí, en la terraza, Visko. Hay que ir a por provisiones, cariño. Se ha acabado el grano.

– ¿Acabado? Demonios, ¿cuánto tiempo he dormido?

– Tres días, querido.

Los niños estaban tumbados al sol, dormitando. Los observé atentamente.

– ¿Hay alguno que se comporte de manera extraña, Ljuba?

– Sólo tú, Visko.

Tenían ya un discreto plumaje. Gris ceniciento en las mejillas, la garganta y el pecho, negro plomizo con manchas blancas en las remeras y timoneras. Aparentemente todo correcto, se parecían el uno al otro como gotas de agua. Muy bien. Había llegado el momento de celebrarlo; me quedaban todavía bayas de grosella en la buhardilla y me dirigí hacia allí.

Al llegar al piso superior, la vista me jugó una mala pasada. Se me erizaron las plumas y me quedé petrificado, con el pico abierto. ¡Había alguien en mi cama: un enorme pájaro despatarrado sobre mi plumaje!

– ¡Ljuba! –chillé–. ¿Qué está pasando aquí?

Ljuba subió a todo correr. Entretanto aquel tipo se había incorporado en la cama de un salto y se estaba alzando en toda su altura sobre las patas. Era tan grande como Ljuba, es decir, cuatro veces más que yo, tenía el pecho de color gris ceniciento y las plumas para el vuelo de un negro plomizo con manchas blancas. Abrió el pico para decir:

– Cucú, Viskovitz.

Vi llegar corriendo también a mis pequeños, aunque no tan pequeños, pues me sacaban ya un pico de altura.

– Cucú, Viskovitz –me graznaron a coro.

Entonces miré a Ljuba y la vi sonreír.

– Cucú, Viskovitz –recalcó.

La cabeza me daba vueltas y no sabía realmente qué decir.

– Cucú –respondí educadamente.

© Alessandro Boffa, ‘Eres una bestia, Viskovitz’

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  • Más cuentos sobre Visko en:

Las Entrañas de la Bestia

Published in: on Domingo, 28 enero 2007 at 4:38 pm  Comments (12)  

12 comentariosDeja un comentario

  1. “Los familia de los Fringílidos, caracterizados por su monogamia y su canto armonioso y variado”…. y su pésima visión, por lo que parece :D

    Cucú jeje

  2. Siempre he dicho que los pajaros son un poco tontos, pero ¿tanto?. Cucurrucucú =)

  3. Decidlo claro, leñe … son simplemente gilipollas xDDDDDD

  4. La inocencia de los pájaros, Verlaine..

  5. Tengo un nido muy bonito, con vistas al mar. ¿Alguna Cuca por aquí que quiera anidar en él?

  6. Te ha faltado el tiempo para llegarte hasta aquí en cuanto has regresado, querido. Y compruebo, con gozo, que tu mente continúa procesando el mismo tipo de tonterías a pesar del viaje.

    Cucas no sé si habrá, pero una valkyria con su acero recién pulido te está esperando para propinarte un largo y cálido abrazo ;-)

  7. los pajaros se basan en las formas y en su instinto, pero por eso no tiene que ser tontos.
    son un poco como nosotros,y si la cuca lo valía el pobre no tuvo opción

  8. Conclusiones: ¿Todos los machos, sean de la especie que sean, son igual de descerebrados? ;-)

  9. después de 31 años de experiencia, tanto personal como ajena, debo decirte que si jajajaj

  10. Un poco frío tu acero. Suerte que se calentó pronto con el abrazo :))

  11. “santas bandadas! buches benditos!” :)
    tanta previsión y es el más zoquete de los pinzones!
    suele pasar que los que más intentan protegerse son los más engañados, por eso nunca hago previsiones y a veces ni de mi misma me fio
    un cuco es como un hijo de 40 años que aun no se ha independizado, espero que nunca me pase

    besos

  12. Pues si Frigg, tienes razón….. un Cuco en persona debe ser más o menos lo que tú dices :D

    Moza, a la pregunta que hacías más arriba y hace más de un año no respondí. Que raro…..
    Respondo ahora: SI :D


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