Los mundos de Visko (y 14)

¡Qué asco de cera, Viskovitz!

Después de varios días y ciertos divagues mentales regreso a mi Visko, para traerlo en forma de Apis mellifera.

Los zánganos, o abejas macho, son los sementales de la colmena. Casta nacida con un único fin, el de fecundar a la reina, su virilidad expira en el mismo instante de concluir la cópula, trayendo consigo la muerte del macho. Efímera vida, podría decirse, aunque mientras no logran culminar su tarea ayudan a proporcionar calor a las crías y reparten néctar entre las obreras.

De forma coloquial, también se conoce como zángano a un hombre holgazán que se sustenta de lo ajeno.

“- Menudos aires se da ese zanganillo – decían unas -. No es quien tiene más cinturita de avispa y sedas más perfumadas quien vencerá en el vuelo nupcial. Es con la cabeza y con las alas como se alcanza el éxito reproductivo…
– Quizá… – replicaban las otras -, pero la nuestra es una sociedad matriarcal, y, aunque no sea un genio ni un rayo con las alas, con ese culito puede llegar muy lejos.”

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¡QUÉ ASCO DE CERA, VISKOVITZ!

Ya de larva era bastante atractivo.

– Se convertirá en un gran zángano – repetían las obreras nutricias -. Si esto es el boceto, imaginad cómo será la obra terminada.

Mi metamorfosis se vivió en toda la colmena como un importante acontecimiento mundano, como un gran estreno. Apenas salieron mis antenas del capullo, se aplaudió la obra maestra. La crítica fue unánime en la apreciación de cada milímetro de mi cuerpo, en el elogio de «la viveza cromática, la solidez de las soluciones arquitectónicas, la delicadeza del modelado». Menos unánime fue la valoración general:

– Menudos aires se da ese zanganillo – decían unas -. No es quien tiene más cinturita de avispa y sedas más perfumadas quien vencerá en el vuelo nupcial. Es con la cabeza y con las alas como se alcanza el éxito reproductivo…

– Quizá… – replicaban las otras -, pero la nuestra es una sociedad matriarcal, y, aunque no sea un genio ni un rayo con las alas, con ese culito puede llegar muy lejos.

Fue la reina quien se encargó de poner fin a aquellas estériles discusiones. El suyo era el único parecer que contaba, y ella hizo la elección más moderna y atrevida: Viskovitz.

Pero algo tenía que conceder a la tradición, así que la víspera del vuelo nupcial se presentó en el panal de los zánganos y anunció:

– La que veis ante vosotros es Lara Azucarada de la Amapola, vuestra reina y soberana, por voluntad de Dios y dilecta de estos panales. Mañana mismo se celebrará el Sacro Vuelo Nupcial. La salida tendrá lugar, como siempre, sobre la línea de sombra de la encina, apenas el sol forme un ángulo de sesenta grados con la colmena. Las reglas del torneo son inviolables. Aquel que corte el camino, aguijonee a un adversario o haga dos salidas falsas será descalificado y muerto. Y tal como establece nuestra ley… – nos recorrió con sus grandes ojos -, el vencedor tendrá conmigo su gloria. Que gane el mejor, el más zángano.

Puedo aseguraros que mientras lo decía no estaba pensando ni en Petrovic ni en López. En realidad ya se había establecido secretamente que poco después de la salida, dispersados los machos, se reuniría conmigo bajo la encina quemada.

Dormí como es debido y al día siguiente me levanté en perfecta forma, avispado como una avispa. Di buena cuenta de una ración doble de miel, me cepillé las sedas, desentumecí las alas y me presenté en la línea de salida junto al resto de pretendientes. Hice un poco de precalentamiento, un poco de stretching, y probé algunos despegues. Podéis pensar lo que queráis, pero el día del vuelo nupcial es siempre una gran jornada. Toda la afición animaba a Petrovic, pues era el favorito y todas las apuestas le daban como ganador. Se le veía revolotear nerviosamente masticando romero, un estimulante. Cuando dieron la salida, partió remontándose furiosamente y enseguida se puso en cabeza.

Todos nos lanzamos en su persecución. Plegados en ángulo de noventa grados, en las curvas remontábamos, virábamos y zigzagueábamos para no dejar que los otros nos adelantasen. Demasiado peligroso aprovechar las estelas habiendo tantos aguijones. ¿El reglamento? Pura palabrería. A la hora de la verdad, no había más que zumbidos, gritos, improperios. No tardé en hartarme y, en cuanto nos hubimos alejado de la colmena, me descolgué, planeé suavemente hasta la encina y me repantingué dentro de una amapola.

No me hizo esperar mucho.

– ¡Oh, héroe mío – suspiró -, recibid conmigo vuestra gloria!

Y yo, Viskovitz, acepté la gloria.

– ¡Ah, paladín mío – declaró más tarde la soberana -, me place todo de vos, vuestros palpos, vuestro submento, vuestra trompa…! ¡Realmente la belleza tiene vuestro semblante y vuestro nombre! Sé que según la tradición ahora debería castraros y mataros, pero esta vez se hará una noble excepción. En lugar de eso, tendré que pediros que vengáis a morar conmigo en palacio, no me siento capaz de prescindir de vuestro cuerpo, de vuestro olor…

– Veo que nos entendemos, pequeña. También yo siento cierta necesidad.
Aquella noche me mudé al panal real. Los otros machos fueron incluidos en el bando y exterminados. No podía hacer nada por ellos, supongo.

La vida del rey era tan buena como la había imaginado, y nuestra luna de miel era dulcísima. Por las mañanas me levantaba más bien tarde y desayunaba con jalea real y preciados pólenes, mientras las obreras me rizaban las sedas y me estiraban las alas. Pronto me convertí en padre, y empezaron a salir una tras otra hornadas de mis cromosomas, con una tirada de cinco mil ejemplares al día.

Pero no todo era de color de rosa. Un día, al volver al panal, encontré a Lara tumbada frente al trono, llorando.

– Las larvas, Visko. Cada día tengo que pensar cinco mil nombres nuevos, podrías ayudarme un poco.

– Llamémosles a todas Viskovitz, no es un nombre feo. Así tendremos más tiempo para nosotros, estrellita mía.

– ¡Brescas santas! – estalló -. ¿Cómo es posible que seáis tan imbécil? ¿Es que sólo sabéis pensar en vuestras sedas? ¡Cubríoslas, maldita sea! Y no llevéis las alas tan abiertas cuando andáis por la colmena, ¡las obreras también son hembras! Aquí dentro ya no hay ninguna que trabaje: las recolectoras no recolectan, las melíferas no melifican…

– Bueno, no es justo que el placer de admirar la belleza sea privilegio de unos pocos elegidos – aventuré.

– ¡Bastaaa! ¡Desapareced de mi vista!

Me convencí de que había llegado el momento de esfumarme. Después de todo, nunca había tenido ánimo monógamo, estaba destinado por naturaleza a polinizar, volando de flor en flor. Siempre había pensado que cultivar y difundir la belleza era mi específico deber. Me había bronceado y perfumado llevado siempre por aquel espíritu, esforzándome por ser – cómo decirlo -, artista, la obra y su divulgador.

Fomentar mi imagen resultó más fácil de lo que pensaba. Las cortesanas arreglaron los encuentros con las reinas y, día tras día, mis genes fueron traducidos a nuevas versiones, difundidos en millones de ejemplares. Era la apoteosis. Pero las monarcas no estaban acostumbradas a compartir, y hasta las obreras empezaron a reclamar su parte. Estallaron conflictos diplomáticos y tensiones sociales. Incluso alguna guerra, entre colmenas y entre castas. Mi vida se convirtió en un infierno.

Así que decidí acabar con aquello. Afearme. Huí hasta las galerías subterráneas de las solitarias abejas terrestres y me puse a buscar el nido de una tal Ljuba, una tipa que era famosa por su habilidad en la ceroplástica reconstructiva. Me hizo acomodar en una elegante sala de espera forrada de seda, a la manera de los colletidi, impermeabilizada con resinas y secreciones oleaginosas. Cuando se mostró ante mí a la luz… bueno, reconocí en ella mi misma desventura: era bellísima. La misma «exultación cromática» de mis pelos sedosos, la misma «delicada grafía» de mis piezas bucales, el mismo «ritmo curvilíneo» de mis masas esponjosas. En una palabra, tenía lo que ninguna otra hembra de las arnas poseía: personalidad. Y, aunque tuviera cestillas melares y glándulas cerígenas, era decididamente una hembra, y sexuada.

– ¡Oh, cielos! – balbuceó en cuanto me vio -. Me habían hablado de ti, pero realmente no creía… – estaba abrumada por la intensidad de aquel momento -…que se pudiese dotar a una creación de tanta luminosidad, de tales efectos inéditos de líneas…

– Bueno, francamente, tampoco yo creía que…

Estaba emocionado como una larva.

«¡Maldición», me decía, «por primera vez encuentro una abeja que realmente me comprende, que puede dar un verdadero sentido a mi belleza, y precisamente a ella le debo pedir que me desfigure!» Intenté explicarle las razones de mi visita.

– ¡Oooh! – gimió -. ¡No digas herejías! Nunca podría hacerlo. Cuando trabajo con un insecto es justamente para crear formas que se parezcan a las tuyas. Y ahora que aparece ante mí la perfección, tú me pides…

En las facetas poligonales de sus ojos compuestos había millares de imágenes mías, y en los míos millares de imágenes suyas. Cada una de sus imágenes reflejaba a su vez millares de imágenes mías que, como en un espejo, reflejaban millares de imágenes suyas, en un unísono de éxtasis visual que se prolongaba más allá de la saciedad.

– Huyamos juntos, Visko. El mundo será nuestro panal, la vida nuestro néctar…

– No, Ljuba, no dejaría de repetirse la misma historia. Sé hasta qué punto resulta cruel, pero debemos elegir entre la belleza y la vida.

– No ahora – susurró -. Celebremos su fusión por una noche…

– Pero, Ljuba… No podemos traer al mundo nuevas criaturas destinadas a la infelicidad. Con progenitores como nosotros, sus rasgos…

– Ya verás, un poco de cera puede hacer milagros…

Al día siguiente me lo demostró. Nos juramos amor eterno, fueran cuales fuesen las máscaras que la vida nos obligara a llevar; después ella me declaró su cariño afeándome hasta tal punto que a ningún otro insecto se le hubiera podido pasar por la cabeza la idea de acercarse a mí. Con sus prótesis de cera transformó mis piezas cefálicas en auténticos florones fúnebres, y toda mi figura en un «amasijo insulso, opaco, retórico». Así pude por fin revolotear por los campos sin ser molestado y redescubrir los placeres sencillos de la vida: el amor, el trabajo, la familia.

Ljuba hizo la puesta en primavera y yo la ayudé a revestir las celdillas para la incubación, a velar por la nidada, a mantener alejados a los depredadores y los parásitos. La vida transcurría serenamente, pero me atormentaba pensar en la cera: estaba claro que tendríamos que aplicársela también a los pequeños, de lo contrario los extraños se los arrancarían de los tarsos. Funcionaría durante algún tiempo. Pero ¿qué pasaría cuando el calor del verano derritiera nuestras máscaras? Ya estábamos en abril…

Una noche, de vuelta a la galería, una oruga me anunció:

– Ya han nacido, se parecen a ti.

– ¿A mí? – le dije, indicándole mis apéndices cerúleos.

Desde luego no a este yo, me dije. En todo caso a Ljuba. Bajé a las celdillas e inspeccioné. La oruga tenía razón. No podía ser cera porque aún estaban completando la ninfosis. ¡Se parecían a mí, a los implantes que llevaba encima, eran lampiños, opacos, deformes!

– ¡¡¡Ljuba!!! – chillé -. ¿Qué demonios pasa? ¡¿Quién es el padre de estos monstruos?!

– Eres tú, Visko, te lo juro – respondió ella.

Las lágrimas le bañaban el rostro, derritiéndole los rasgos de cera, revelando sus horribles palpos de afaníptera, aún más feos que los de los pequeños. Me sentí desfallecer.

– Perdóname, Visko, pero no tenía valor para decírtelo… Vamos, no te pongas así. Lo realmente importante de la belleza es saber crearla. ¿Acaso no juramos amarnos fueran cuales fuesen los disfraces que tuviéramos que llevar? ¿Quién de nosotros dos tiene motivos para lamentarse? ¿Tú, que debes sólo imaginar mi fealdad, o yo, que estoy obligada a ver la tuya todos los días? Lo arreglaré todo, ya verás. También los pequeños estarán bien, sólo necesitan un poco de… unidad estilística.

Empezó a ponerles emplastes de cera ante mis propios ojos. Bueno, en menos de media hora había conseguido darles un poco de gracia y dignidad, transformarlos en dos angelotes mofletudos e inocentes, bolitas llenas de ternura y simpatía, en los hijos que cualquier padre desearía tener, o por lo menos ver. Me parecía estar soñando.

– Ahora no hay que hacerles llorar o se derretirán – advirtió -. Y mantén alejada esa fea carota tuya, podrías asustarlos.

¿Qué podía hacer yo? Eran un macho y una hembra, los llamamos Junior y Sherba.

Intenté autoconvencerme de que no había pasado nada. En el fondo, ella era la áptera que, más que ninguna otra, había sabido hacerme feliz. Aquella era la realidad que tenía importancia. Pero ¿qué pasaría cuando se derritiese la cera? No me atrevía a imaginarlo siquiera. Porque si los pequeños eran tan feos a pesar de tener un padre como yo, ¿qué debía de ser ella?… Ya estábamos en mayo.

Un día, cuando volvía al panal, me detuve a observar un vuelo nupcial para distraerme. Había seis reinas en la salida, y en mí quizás una pizca de nostalgia. Encontré un buen sitio de cara al sol, y estaba sacando un poco de polen de las cestillas para tomar un tentempié, cuando comprendí que algo no andaba bien. Se había hecho un silencio absoluto y todos los ojos, compuestos y simples, apuntaban hacia mí.

«¡Maldita sea», pensé, «el sol está derritiendo la cera!» Hice remolinear a toda velocidad las alas y remonté el vuelo, pero ya tenía encima a las reinas, a las seis reinas. Empezaron a tironearme de las membranas, de las sedas, de las antenas.

– Me rindo – chillé -, no me despedacéis.

Se quedaron quietas de repente, consternadas.

– ¡Cera!… ¡Está completamente emplastado de cera!

Me la limpiaron con las espátulas y se me quedaron mirando, furiosas.

– ¡Qué feíto es! Parecía tan interesante… ¡Y al final resulta que es un mofletudo como todos los demás!

¿Todos los demás? Sólo cuando observé a los otros zánganos lo comprendí. Ni una seda fuera de lugar, ni un solo detalle vulgar. Todos eran hijos míos, claro que todos eran idénticos a mí. Era el padre de toda la nueva generación, de toda la jodida nación, hasta las obreras tenían mis rasgos. Que ya se habían convertido en mediocres.

– ¡Haced desaparecer a este impostor!

Me echaron a patadas, entre insultos.

Ljuba me observaba desde una flor, riendo a carcajadas. El sol le estaba derritiendo la cera, revelando toda la monstruosidad de su cuerpo y de su rostro. Con un estremecimiento, comprendí que la crítica sería unánime en la apreciación de «la viveza cromática, la solidez de las soluciones arquitectónicas, la delicadeza…».

© Alessandro Boffa, ‘Eres una bestia, Viskovitz’

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  • Más cuentos sobre Visko en:

Las Entrañas de la Bestia

Published in: on Sábado, 3 marzo 2007 at 11:19 am  Comments (12)  

12 comentariosDeja un comentario

  1. Fíjate, hasta en el mundo de los insectos, unos animales que en general no suelen ser muy atractivos para nosotros, se da la atracción por las formas :D

    La moraleja que veo aquí es que todo cansa, que llega un momento que de ver siempre lo mismo te aburres y buscas algo nuevo, o distinto, como ocurre con los cánones de belleza. Porque quién es el atrevido o atrevida que puede decir que lo es cuando años atrás, o más adelante, era o será un simple adefesio para quienes hacen de jueces. Vale, hay unas formas y líneas básicas para crear armonía en el conjunto visual, pero se tiende a repudiar o favorecer sin tener en cuenta que nada es eterno….

    ¿Y yo porqué escribo ahora todo esto? :D:D:D

  2. el culto a la belleza se da en todas las especies, aunque no lo veamos, aunque en ellos primordialmente es para procrear, es decir, para que la hembra consienta ser fecundada
    pero en los humanos ya vemos hacia donde se enfoca: el gran negocio de crear prototipos de belleza para que mujeres y hombres llenen los gimnasios, los salones de belleza y los quirófanos; después cambia el prototipo y lo que se inunda son los hospitales y las consultas de los psicólogos.
    una cosa que siempre me ha resultado muy divertida son los que marcan esos cánones, ¿os habéis fijado alguna vez?; suelen ser la antítesis de lo que ellos proclaman, es decir, muy poco agraciados, lo que te hace pensar que se ríen de nosotros cuando quieren y donde quieren jajaj

    muy bueno el relato :)

  3. Está claro que el cuento del Visko zángano da mucho que hablar en cuanto a la visión de la belleza, y de momento parece que todos estamos de acuerdo xD

  4. De los expuestos aquí, hasta ahora, éste relato es el que tiene la conclusión o moraleja más obvia. Un hecho que se va transformando cíclicamente desde tiempos inmemoriales, aquellos tiempos en los que la raza humana comenzamos a ser… ¿racionales? ja ja ja

    Lo que más me gusta de Boffa es su particular forma de restregarnos por las narices nuestra pérdida de instinto. Aunque, afortunadamente, aún quedan personas capaces de dejarse llevar sin ataduras ni leyes creadas por los que se creen poderosos, sufriendo por ello, pero siendo libres al fin y al cabo.

  5. No pude resistirme a la idea de pasar nuevamente por los Mundos de Visko, los cuales, por decir lo menos me parecen muy amenazadores. Claro, ¿y por qué?, por supueso, la respuesta es simple pero tan compleja a la vez como el efecto electromagnético. Sí, es que los Mundos de Visko, se atreven y desafían el pensamiento, y eso es grave y peligroso. Visko y Rebelión en la Granja de Orwell, son lo mismo, por lo menos a simple vista. Por lo menos todos lo piensan y lo dicen por ahí, Visko, es un peligro para la sociedad, claro, lo inintendiblemente desconocido asusta y mucho. Más si Visko habla del poder, y si más encima manipula ese poder a su mero antojo como si ese poder fuese cosa tonta y banal. Visko, dudo después que te leo, pero sin embargo, aquí estoy nuevamente leyéndote.

  6. ¿Y no es el poder, al fin y al cabo, un sentimiento banal al que desafortunadamente prestamos demasiada atención?. A menudo permitimos que nos domine, ambicionándolo o asumiéndolo como una fuerza indestructible de la que no podemos escapar. Y con Visko reímos, pensamos y comprendemos tantas cosas…

    Algunos lo hacen momentáneamente y regresan a refugiarse en sus vidas, esas vidas que ya les resultan absurdamente cómodas. Otros, sin embargo, van más allá, y en ese ácido reflejo postulan por dar a su existencia un objetivo más en consonancia con sus instintos, aquellos que jamás debemos olvidar ;-)

  7. unos cuantos zanganos alrededor mío me ayudarían mucho a hacer mis tareas aunque digan que podrían distraerme!
    uno de mis sueños es ser polígama, para qué quiero uno si puedo tener más? y cuando se vuelvan feos y viejos cambiarlos por otros guapos y jóvenes
    si ellos lo hacen porque no nosotras? :)
    buenisimo sonja!

    besos

  8. Soy un zángano, mi único objetivo es el que es, qué le vamos a hacer!

    El relato es estupendo, pero tus comentarios aún son mejores guerrera. Hembra bonita, nos fusionamos? perdona pero me puede el instinto :))))

  9. Al final todos somos unos zánganos, y todo viene desde el capullo (jeje). Ellas escogen y no hay poder que valga, lo que vale es el culito :D

  10. jajajaj es buenisimo!!
    despues da algo de pena cuando le rechazan porque son todos iguales y se cansan, pero la moraleja es de lo mejor n_n

    guerrerita, no se volar y para aprobar tengo que esforzarme
    pero dicen que tengo buen culito! n_n

  11. Oye lo del capullo lleva segunda intención o te ha salido así de repente? Porque la verdad es que de ahí viene de todo :-P


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