Los mundos de Visko (y 15)

No es oro todo lo que reluce, Viskovitz

A pesar que los antiguos egipcios lo consideraban ejemplo de vida eterna por “resucitar” de las bolitas que hacen y, debido a ello, lo convirtieron en amuleto (Kheper, ‘el que emerge’) de vida y poder, proporcionando protección diaria a los vivos y también a los muertos durante el juicio de Osiris; y aunque también sé que sus funciones benefician al ecosistema… no termina de ser el comúnmente denominado escarabajo pelotero uno de mis animales favoritos.

¿Que por qué?…

“[…]No todo el estiércol es igual, debes manipularlo combinando humedad y consistencia, luego tienes que encontrar una protuberancia, redondearla, desprenderla y hacerla rodar, apuntalándote con la cabeza y empujando con los apéndices posteriores, y entretanto, utilizando las patas como rastrillo, debes ir rebozando la pelota haciendo un emplasto con todas las heces que encuentres. Son operaciones que cuestan energía. Y la energía cuesta mierda.[…]”

A buen entendedor…

Escarabajo

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NO ES ORO TODO LO QUE RELUCE, VISKOVITZ

Ya de recién nacido recibí todo tipo de halagos.

– ¡Qué bonito! – se regocijó mamá -. Ya es un escarabajo hecho y derecho. ¡Tiene más colores que los otros, es más atractivo!

Estaba realmente contenta de lo que veía. Nuevo y flamante como estaba, no debía de ser un feo espectáculo.

Me alegré de haber venido al mundo y eché un vistazo a mi alrededor para asegurarme de que no había depredadores, me habría fastidiado que la fiesta acabase tan pronto. En torno a mí había un montón de otros mocosos que apenas habían acabado el desarrollo larvario, intentaban salir de sus «peras» y se esforzaban por caminar. Me gustaba la idea de empezar mi vida con cierta ventaja sobre ellos, aunque fuera tan efímera como la belleza. Pero papá se encargó de apagar tanto entusiasmo.

– No le hagas caso a tu madre, Visko. La belleza no supone ninguna ventaja para quienes son como nosotros.

– ¿Tú crees?

– Estoy seguro, hijito, y será mejor que te enteres cuanto antes de cómo están las cosas. Nosotros somos estercóreos, chico, y lo único que de verdad cuenta en nuestra existencia… bueno, en fin… es la mierda.

Me quedé de piedra. De buenas a primeras no llegaba a entender qué quería decir, pero la forma en que lo dijo, encogiéndose en el tegumento con aquella expresión tan abatida, hizo que me invadiera cierta inquietud.

– Pero ahora estamos de celebración – prosiguió -. Esto es un manjar, te gustará.

Me alcanzó con cierta aprensión una pelotilla obscura que sostenía entre sus apéndices. Receloso, probé sólo una lengüetada. Era realmente asqueroso. Dios mío, pensé, ¿de veras nuestra vida gira en torno a esta porquería?

– Tú eres nuestro primer hijo, Visko, no ha sido fácil traerte al mundo. Se necesitan bolas de materia de tres centímetros para que puedan crecer las larvas. Nosotros las llamamos «peras», y no creas que las regalan.

– ¿Hay mucha competencia?

– Tú lo has dicho, chico. Hay sequía, por lo que no quedan manadas ni rebaños, la materia es poca y nosotros somos muchísimos. En un pedazo de un kilo, y en cuestión de diez minutos, encuentras dentro algo así como cinco mil estercóreos, entre endocópridos, excavadores y peloteros…

– ¿Endocópridos?

–Sí, también son escarabeidos, bastardos minúsculos que se introducen en las pelotas que estás enrollando y te las devoran desde dentro. ¡Si no estás atento, son capaces de acabar hasta con la larva! Luego están los heliocopros: son excavadores, auténticos bulldozers, bestias enormes que pesan más de veinte gramos, y, si alguna vez encuentras uno, te aseguro que más te vale hacerle caso, hijo mío.

– No lo olvidaré, papá.

– Pero sobre todo debes protegerte de tus propios congéneres. Porque excavar, enrollar y empujar una pera constituye un trabajo muy fatigoso, son necesarios unos treinta minutos, veinte si eres muy bueno. No todo el estiércol es igual, debes manipularlo combinando humedad y consistencia, luego tienes que encontrar una protuberancia, redondearla, desprenderla y hacerla rodar, apuntalándote con la cabeza y empujando con los apéndices posteriores, y entretanto, utilizando las patas como rastrillo, debes ir rebozando la pelota haciendo un emplasto con todas las heces que encuentres. Son operaciones que cuestan energía. Y la energía cuesta mierda. Por lo tanto, la estrategia más ventajosa para obtener una pelota es robarla. Cuando estás extenuado y la pera está lista, debes defenderla como a tu propia vida o se te la llevarán a garrotazos. Incluso tus mejores amigos, aquellos con los que has crecido. La materia es más fuerte que nosotros mismos, Visko, nos devora el alma.

– Papá, ¿para qué sirven esos apéndices bajo los élitros? – dejé caer, aunque sólo fuera para cambiar de tema.

– Son alas membranosas, gracias a ellas podemos volar.

– ¡Volar! ¡Vaya, eso sí que es un notición!

– Pero ten cuidado: volar requiere un montón de energía. Primero debes acelerar la velocidad de tu metabolismo, aumentar la temperatura corporal, y para conseguirlo debes tiritar.

– ¿Tiritar?

– Sí, el estremecimiento te carga de energías y te prepara para la acción. Pero tienes que haber ingerido suficiente materia para poder permitírtelo. Con los tiempos que corren, generalmente la energía apenas basta para procurarte la materia, y la materia es apenas suficiente para procurarte la energía. Sólo puedes permitirte volar para llegar rápidamente al estiércol. Al final siempre se acaba volviendo allí, Visko.

– A la materia.

– Eso es, pero no vayas a pensar que la nuestra es una actividad despreciable. Todo lo contrario. Los estercóreos somos fundamentales para el ecosistema. No sólo eliminamos el estiércol, que de no ser por nosotros se acumularía sobre la tierra sofocando las plantas, sino que además hacemos que el terreno sea más fértil y esté más oxigenado, retardamos la proliferación de parásitos y agentes patógenos y reducimos la cantidad de moscas que proliferan en los excrementos – proclamó mi padre, estremeciéndose de orgullo hasta donde su metabolismo se lo podía permitir.

Al día siguiente emprendimos el vuelo bien temprano para recuperar el tiempo perdido con mi nacimiento, y empezaba ya a sentirme culpable, cuando divisamos una manada de elefantes abrevando. Papá me recomendaba una especialización, y la coprofagia de la producción de los elefantes parecía el camino más rico y prometedor. Me habían explicado que esos animales muy raramente pisoteaban lo que producían, aunque realmente costaba pensar que alguien pudiera tener el valor de meterse allí en medio y llevarse aquella porquería. Y, sin embargo, apenas soltaron la primera carga, millares de escarabajos se materializaron como por encanto y se lanzaron sobre la sustancia. Mi padre fue de los primeros. Yo estaba allí para aprender, estudiar sus movimientos, familiarizarme con los imprevistos, pero muy pronto la escena se transformó en un infierno oscuro de cuerpos y de mierda, un tumulto indescifrable de golpes, gritos e improperios. Yo lo observaba todo petrificado, abrumado por el hedor, por los barritos de los elefantes, por el terror, y rogaba a Dios que tuviese piedad de nosotros.

Me pareció un auténtico milagro ver asomar de toda aquella mezcolanza las antenas de mi progenitor. Avanzaba arrastrándose fatigosamente, agarrado a una buena pelotilla más grande que él, no tanta cantidad como para permitirse darme un hermanito, pero sí las calorías suficientes para aguantar hasta la próxima refriega. Me hizo una señal con los élitros, estaba jadeante y magullado, pero tenía los apéndices bucales encorvados en una sarcástica sonrisa de anticipada satisfacción. Aunque su alegría duró bien poco, porque surgieron dos tipejos de debajo de una hoja y empezaron a apalizarlo. Lo derribaron y le quitaron la pera. Mi padre volvió a la carga y volvieron a apalizarlo. Acudí en su ayuda, pero todavía no había aprendido bien a tiritar para acelerar mi metabolismo y también yo acabé boca arriba y vapuleado. Cuando recuperé el conocimiento, vi que de mi padre no quedaban más que unos pocos fragmentos esparcidos por allí. En lontananza divisé a sus verdugos, que se alejaban con el botín. Con ellos estaba mi madre, que se había apresurado a unirse al carro de los vencedores.

A partir de aquel día, tiritar dejó de ser un problema. Estaba solo contra todos. En aquel mundo sin Dios sólo un valor permanecía: la Sustancia. Toda mi fe se basaba únicamente en Ella. Y empecé a medir el sentido de la vida en gramos.

Me uní a una banda de maleantes, que se dedicaba al pillaje y golpeaba a los débiles y a los ancianos. Participé en todos los crímenes imaginables. Es la ley del más fuerte, me decía, no la he inventado yo. Pero las dos peras que pudiera robar a un honesto padre de familia no bastaban para saciar mi ilimitado deseo de posesión. Así pues, decidí buscar la riqueza en la fuente misma de la que brotaba y empecé a aferrarme al pelo de los animales productores de forma que fuesen ellos quienes me transportaran. De este modo ahorraba energías, y, cuando ellos soltaban una carga, yo era siempre el primero. Si el viento llevaba el olor hacia una zona muerta, como la superficie de una charca, podía pasar hasta media hora antes de que llegaran otros a invadir el lugar. Era un trabajo durísimo, pero bien recompensado, y muy pronto obtuve el capital suficiente para establecerme por mi cuenta, contratar dependientes y rodearme de una milicia personal. En muy poco tiempo me encontré dirigiendo una organización que controlaba hectáreas de sabana y tenía la exclusiva de numerosas manadas, además de controlar la paridad del cambio de valores, el mercado de acciones y el flujo de la economía. En sólo una estación había amasado un patrimonio que se calculaba en quintales de sustancia, buena parte de la cual en líquido.

Me convertí en el insecto de éxito que todos admiraban y envidiaban, al que se rendía el respeto y la adulación reservados sólo a la mismísima Cosa. Creía que aquélla era la máxima felicidad que un escarabajo puede llegar a sentir. Pero me equivocaba.

La vi en la corola de una orquídea. Su dermatoesqueleto era rojo como la aurora, su coselete un torbellino de reflejos dorados, era como un sol en miniatura brillando entre los pétalos. ¿Qué más podría decir de ella? Su belleza era a un tiempo adéfaga y polífaga. Todas las partes de su cuerpo, epímero y episternón, pronoto, mesonoto y metanoto, uritos, estigma y escutello, eran para mis ocelos una fiesta y a la vez un tormento. Era la reina de los escarabeidos y yo no podía vivir sin ella. Por fin el amor tenía un rostro y un nombre: Ljuba.

Pensé en hacerle llegar un ramillete de valores preciados, pero enseguida me pareció poco apropiado. No era con la riqueza con lo que quería hacer mella en su corazón. Acababa de llegar con el monzón y no sabía nada de mí. Le encantaba hablar de flores, de árboles, de resinas, de frutos, una inclinación insólita en una escarabajo. Podía pasarse horas y horas conversando sin ni siquiera mencionar nunca la sustancia bruna. ¡Ah, qué refrescante resultaba su compañía! Estaba fascinada por todo lo que fuera dulce, aromático, coloreado, y su pasión era tan contagiosa que por primera vez en mi vida la existencia me pareció una aventura maravillosa y llena de misterio, y el mundo un lugar perfecto en el que celebrar la eterna armonía entre los insectos y el universo.

Le dije que la amaba.

– Tú también me gustas, Visko. Quisiera ser tu compañera.

– ¿Quieres decir que te gusto por ser como soy, como insecto, y que no te interesa saber cuánta riqueza poseo?

– Pues claro, ¿qué importa eso?

Sentí que me derretía. ¿Era verdad o estaba soñando? ¿También los escarabajos tenían corazón? Mientras hacíamos los preparativos para el vuelo nupcial, nunca – y quiero decir nunca – me pidió un solo regalo, ni siquiera simplemente ser alimentada. Finalmente, convencido de su sinceridad, decidí darle el premio que se merecía y la conduje hasta una de mis propiedades, una poza de estiércol de diez metros cuadrados, acordonada por mi milicia personal.

– Es todo mío – anuncié -. Y esto no es más que una parte de mis posesiones, un imperio que se extiende desde aquí hasta el lago Victoria.

– Bromeas.

– En absoluto, observa. – Me zambullí de cabeza en mi hacienda -. ¡Ven, ahora también te pertenece a ti!

Ljuba no daba crédito a sus ocelos.

– ¿Me estás pidiendo que me meta… ahí dentro? – balbuceó.

– Naturalmente, comprendo tu pudor, querida, pero, al fin y al cabo, somos estercóreos.

– Si se trata de una broma es realmente de mal gusto, Visko. ¡Yo soy una melolontha, un abejorro de pura raza! Nadie me había tratado nunca de escarabajo.

– ¿Abejorro? No entiendo cuál es la diferencia.

– Me doy perfecta cuenta de que no lo entiendes. Los escarabajos son animaluchos de carapacho oscuro que comen porquerías innominables. Nosotros los abejorros, por el contrario, tenemos colores vistosos y elegantes, nos alimentamos de polen, resinas aromáticas y sustancias azucaradas. Podemos volar durante horas y amamos la poesía, la danza, las buenas compañías y, sobre todo, la limpieza, Visko. Te aseguro que hasta hoy no había visto nunca a un abejorro hecho y derecho como tú dándose un baño de mierda. Ahora tengo que irme, este sitio apesta, y tú das verdadero asco.

Había tiritado lo bastante como para poder sobrevolar todo el océano. Probablemente no la volvería a ver.

Allí me quedé, con los palpos abiertos de par en par intentando entender algo. ¿Yo, un abejorro? ¿Y mis padres? Habría sido por eso por lo que me parecía tan poco a ellos. Quizás habían olvidado dónde habían puesto el huevo. Quizá se habían cansado de estar solos. ¡Dios mío! ¿Sería posible que…? Estaba inmerso en la más absoluta confusión. ¿Quién era yo? ¿Qué demonios hacía dándome un baño en aquella cosa? Tenía que salir de allí, correr tras Ljuba, explicárselo todo y construir junto a ella una existencia limpia. Vamos, Visko, muévete, me dije. Y, sin embargo, no conseguía tiritar, sentir suficientes tiritones como para cargar mi metabolismo y volar. Era demasiado intenso el placer de aquel baño balsámico, la fragancia de aquellos miasmas, la satisfacción de ver al populacho, no sólo coleópteros sino también tricópteros, trepsíteros y afanípteros, hacinándose en torno al recinto, únicamente para observarme y soñar en emularme algún día. Por un instante me pareció incluso discernir entre ellos el tegumento de mi viejo progenitor y verlo tiritar. Tiritaba del orgullo de ver hasta dónde había llegado su hijo, que estaba dentro, buen Dios, que estaba metido hasta el cuello.

© Alessandro Boffa, ‘Eres una bestia, Viskovitz’

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  • Más cuentos sobre Visko en:

Las Entrañas de la Bestia

Published in: on Domingo, 11 marzo 2007 at 10:24 am  Comments (10)  

10 comentariosDeja un comentario

  1. “Buen Dios, que estaba metido hasta el cuello … DE MIERDA” muahahaha

    Pobre abejorro, menuda diarrea mental(*) que tiene xD

    (*) Diarrea mental=Confusión

    —-

    Aprovecho la ocasión no para saludar a mi familia, vecinos y todos aquellos que tanto me quieren xD sino para dar el parte aquí de como va la migración de servidores de miarroba … es que no tenemos otro sitio donde hacerlo :S

    Estado del proceso de migración:

    1. Desactivación de servicios
    09-03-2007 19:50 GMT1
    2. Transferencia de datos
    10-03-2007 19:30 GMT1
    3. Configuración de servidores (en curso actualmente)
    4. Test de funcionamiento
    5. Puesta en marcha

    Enga, ya queda menos ^^

  2. Es como cuando adoptan a un niño de una etnia distinta y más adelante le explican de dónde procede y las costumbres y cultura de éstos…. o, más semejante en éste caso, cuando un animal como por ejemplo una hembra de perro “adopta” y cría a unos cachorros de gato que, cuando crezcan, sufrirán un conflicto de razas al no entender algunos comportamientos que para otros gatos o perros serán los normales.

    Buen relato. Como siempre, Visko te hace pensar :D

    pd: Aprovecho el “parte” anterior para actualizarlo con nuevos datos. Estamos en la fase 4, el test. Quizás mañana ya funcione todo normalmente, o quizás no.

  3. Cuando era pequeño y mi hermana mayor se enfadaba conmigo siempre me decía que mi madre me había encontrado junto a los contenedores de la basura, y yo me lo creía. ¿Será por eso que siempre los miro con ternura cuando tiro la bolsa de desperdicios dentro?. ¿Por qué cuando se lo recuerdo a mi hermana se ríe y no dice nada? :))

  4. A ver si va a ser verdad …

    xDDDDDDDDDDDDDDDDDDD

  5. Visko otra vez me violentas, otra vez hablas de belleza y violencia, en resumidas cuentas, me hablas de sobrevivencia. Gracias por la lección de biología Visko, y por tanta mierda rondando en el ambiente. Aunque me temo que tu vida es un caos selvático y un tanto anárquico, por decir lo menos. Visko, ten en cuenta de que soy humano, y muchas veces cuando te leo, dejo de serlo.

  6. La vida es una selva, aunque nos disfracemos de personas. La humanidad es relativa y, en algún momento de nuestras vidas siempre brota la bestia, aquella que vive en nosotros y que a muchos les causa pavor pueda mostrarse.

    Pero está ahí, y repudiarla es insano, aparte de un terrible acto de menosprecio a nosotros mismos…

    Si la dejáramos brotar naturalmente no viviríamos episodios tan brutales como los que vemos día a día en los noticiarios, ni sufriríamos de la ingente cantidad de estupideces vanales protagonizadas por “personas” que se creen por encima del bien y del mal, porque sabríamos encauzarla hacia un camino menos belicoso. El problema es el miedo: miedo a ser menos, miedo a quedarse solos. Miedo, puro miedo y complejos.

  7. Genial cuento! hasta los escarabajos son útiles y en algún momento me han recordado a nuestra forma de actuar y hundirnos en mierda para prosperar.

    Saludos

  8. me ha hecho reir sonja,pero la verdad es que tiene un mensaje un poco triste porque el abejorro no entiende que se comporta diferente,que no es lo que cree que es
    es verdad,la historia es como la de muchos humanos
    me gusta lo que dices,que la vida es una selva aunque nos difracemos de personas y que lo que tenemos a veces es miedo..

  9. Te encontre!!!! no me acordaba de su nombre ni de como llegue pero ya no me pasara más. Me gusta tu pagina!!

    Saludos

  10. tengo autentico miedo a los escarabajos aunque sean pequeños, es ver uno y empezar a temblar y sudar pero con este relato les he entendido un poquito más aunque sigan sin gustarme
    el estiercol es vida aunque sea mierda, es verdad, y cada animal tiene su cometido dentro de la familia a la que pertenezcan
    si como visko creces en una que no te corresponde te adaptarás a sus costumbres y ni la confusión te detendrá
    la frase: “la energía cuesta mierda”, para pensar! :)
    muy bueno sonja!

    besos


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