Los mundos de Visko (y 16)

Has llegado muy lejos, Viskovitz

El nombre rata designa a varias especies de roedores de mediano tamaño del género Rattus y, así como en Oriente se las venera, en Occidente son repudiadas, asociando habitualmente el vocablo “rata” a las más vulgares y despectivas descripciones.

En cualquier caso, éstos animalitos mantienen una ruda batalla de supervivencia desde los albores de la civilización, adaptándose a los estertores de éste mundo decadente con una potencia que no debería desestimarse…

“En nuestra comunidad, inteligencia y cultura eran pecado, no mérito. Aquellos infelices habían sufrido en su propia piel la brutalidad del método experimental, y no tenían la menor confianza en las promesas de la ciencia y de la razón en general. Soñaban con alcanzar la Alcantarilla, el lugar mítico revelado por un presunto profeta salido de una letrina: un Shangri-La bendecido por la oscuridad y la podredumbre, alejado de las infamias de la civilización y el progreso, en el que todo se disolvía en lodo putrescente y balsámico.”

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HAS LLEGADO MUY LEJOS, VISKOVITZ

Supe que era un genio incluso antes de existir.

En la oscuridad del útero, cuando mis hermanos eran todavía pequeños embriones informes, excrecencias de la placenta, yo había encontrado ya el camino que llevaba a la salida, y había empezado a recorrerlo con varias semanas de anticipación. Sabía que estaba destinado a una vida excepcional y no quería perder tiempo.

– Tú, Visko – declaró mi padre -, eres probablemente el roedor más inteligente que haya existido nunca. En este laboratorio llevan decenios trabajando, mediante un proceso de selección artificial, para crear un prodigio como tú. Tu mismo nombre, V.I.S.K.O.V.I.T.Z., es el acrónimo de Very Intelligent Superior Kind Of Very Intelligent and Talented Zootype; puedes estar ufano.

– Estoy razonablemente orgulloso, papá.

No necesité mucho tiempo para demostrar a todo el mundo de qué pasta estaba hecho. Ya antes de concluir el periodo previo al destete, había comprendido que con la utilización de ácidos o por la acción de la presura podía obtener de la leche materna una cuajada y varios tipos de maduración casearia: quesos de pasta blanda o hilada, tetas, cuajadas y provolones. Durante aquellos primeros días, había empezado también a ejercitar mi talento musical sobre las rejillas de la jaula y a desarrollar interesantes estudios acerca de las progresiones armónicas y las variaciones modales más en consonancia con los chillidos de dolor que emitían las ratas de los otros departamentos. Y con oportunos contrapuntos había conseguido resolver sus disonancias de forma decentemente eufónica. Cuando quisieron evaluar mis aptitudes, pronto se dieron cuenta de que era una tarea imposible: en los laberintos jamás elegía un corredor sin salida, y también en los otros burdos tests de aprendizaje encontraba la solución incluso antes de que el problema fuese formulado. ¿Con qué instrumentos podían evaluarme?

La puntuación más baja en aquellas pruebas, aquello que definía la «unidad de medida de la estupidez», había sido obtenida en cambio por Zucotic, un sujeto extraordinariamente obtuso, producto del repetido inbreeding de la progenie más idiota del laboratorio. Irónicamente, la jaula de aquel cretino estaba colocada junto a la mía, y los investigadores parecían prestarle el mismo tipo de atenciones que recibía yo, como si la estupidez fuese una virtud comparable al genio. Pero las cosas extrañas y desconcertantes no acababan aquí. Cuando nos fueron asignadas las compañeras genéticamente más cualificadas para aparearse con nosotros, enseguida estuvo claro que, en las ratas, ingenio y belleza no estaban codificados en los mismos genes. Mi pareja, Jana, era una especie de talpa desmañada y de cháchara abstrusa; en cambio, la de Zucotic, Ljuba, era, desde la superficie roedora de los molares superiores hasta las últimas escamitas de la cola, la forma más perfecta que la mente más caprichosa y singular, es decir, la mía, pudiese concebir. Así, mientras yo tenía que escuchar las pedantes disquisiciones de Jana sobre ratología, topología y otros tediosos tópicos ratoniles, en la jaula de al lado la beldad era pasto de la idiotez.

Yo tampoco gozaba de mayor consideración por parte de las otras ratas macho del laboratorio. En nuestra comunidad, inteligencia y cultura eran pecado, no mérito. Aquellos infelices habían sufrido en su propia piel la brutalidad del método experimental, y no tenían la menor confianza en las promesas de la ciencia y de la razón en general. Soñaban con alcanzar la Alcantarilla, el lugar mítico revelado por un presunto profeta salido de una letrina: un Shangri-La bendecido por la oscuridad y la podredumbre, alejado de las infamias de la civilización y el progreso, en el que todo se disolvía en lodo putrescente y balsámico.

Sin duda en aquel ambiente no podía ser mucho el valor que se le concedía al papel del genio. Pero yo sabía con absoluta certeza que mi intelecto había sido concebido con un fin, que formaba parte de una fuerza trascendental, podéis llamarla como queráis: historia, colectividad de los roedores ratoniles, designio divino… Mi momento llegaría, sólo había que tener paciencia.

Y en efecto…

Un día Petrovic, un gigantesco «super-ratón» creado por la ingeniería genética, comprendió el mecanismo de los pestillos de su jaula y, girando las manijas desde el exterior, liberó de su cautiverio incluso a las ratas de los departamentos de Cirugía, Farmacia y Anatomía. Una desdichada multitud de miserables atormentados y deformes empezó a hacinarse sobre el entarimado. A ninguno de ellos, ab invidia, se le ocurrió liberarnos a nosotros, los privilegiados del departamento de Psicología. Sólo más tarde, cuando quedó claro que ninguno de aquellos menesterosos incapaces tenía la menor idea de cuál podía ser el camino que llevase a las alcantarillas o a cualquier otra forma de redención, comprendieron que debían dirigirse a mí.

– Sapiente V.I.S.K.O.V.I.T.Z., señor de los laberintos, guíanos tú – me imploraron con servil hipocresía.

Los corredores del laboratorio estaban dispuestos en forma de laberinto, por lo que resultaba evidente que yo era el ratón predestinado y preparado para conducir a buen fin aquel éxodo. ¿Qué otro sentido hubieran tenido sino todos aquellos meses pasados descifrando enmarañados embrollos, recorriendo oscuros ambulacros, resolviendo abstrusos problemas? ¿Acaso podía eludir mis responsabilidades y negarme a guiar por el buen camino a mi gente?

– ¡En marcha! – grité, y abrí camino.

Enfilé con decisión por el primer pasillo a la izquierda y luego por el segundo a la derecha.

Durante mi experiencia con los laberintos, me había dado cuenta de que la solución más frecuente de cualquier problema de orientación era encaminarse hacia la primera calle a la izquierda y luego por la segunda a la derecha. No había que ser un genio para comprender que, una vez más, la solución sería aquella.

Y en efecto…

Tras girar aquellos dos recodos, nos encontramos en el retrete. Apenas me di cuenta de que encima de nosotros había un pulsador muy similar a los que accionaba durante las pruebas de aprendizaje, todo me pareció de una claridad diáfana. Presionando aquel botón, las aguas de aquel paso se abrieron milagrosamente ante mi pueblo y todos los roedores fuimos succionados hacia nuestro destino. Pocos minutos después chapaleábamos todos en el maná de la profecía.

Mis compañeros de viaje miraban atónitos a su alrededor, arrebatados por lo sugerente que resultaba aquel paisaje. Tras años de ambientes asépticos y brebajes medicinales, aquella naturaleza contaminada e impurísima, aquel restaño de miasmas, aquellos bosques de moho, toda aquella inmundicia, les llenaba de deleite. Esparciendo mis secreciones, tomé posesión oficialmente de ella en nombre de mi pueblo. Después esbocé un breve discurso conmemorativo y, utilizando palabras sencillas, que pudiera comprender mi audiencia, intenté explicar los cimientos jurídicos sobre los que pretendía edificar nuestra sociedad de ratas. Sin mencionar en ningún momento el término «eugenesia», intenté de todas formas hacerles comprender hasta qué punto resultaba aconsejable para el bien futuro de nuestras gentes que yo tuviese una liaison con todas las super-ratas presentes y generase para todos nosotros una super-prole digna y capaz de figurar en sociedad.

Pero mis palabras se vieron inesperadamente interrumpidas por el asalto de una horda de ratas nativas que sembró el pánico y la confusión en nuestras filas. Los más valerosos de los nuestros opusieron una honorable resistencia, pero muy pronto la derrota fue total.

Yo escapé como una rata.

Enseguida estuvo claro que aquel lugar, lejos de ser el paraíso que nos habían pintado, estaba en realidad invadido por una estirpe de bárbaras ratas enfurecidas, más grandes incluso que nuestros super-ratones, que hacían valer en aquellos parajes la salvaje ley del más fuerte y de los dientes, sin consideración alguna por los valores de la justicia y la belleza. Aunque también era cierto que aquello no parecía impedir a las ratas del éxodo adaptarse con éxito al nuevo entorno. Para ellas, habituadas a la sistemática violencia del hombre, la de sus semejantes era como la caricia de un amante. Pero un alma sensible como la mía, ¿qué provecho podía sacar de aquella despreciable compañía?

Sin duda aquél no podía ser el punto de llegada de mi viaje. No el caos y la degradación. No era por casualidad que también aquellas cloacas estuvieran organizadas en forma de laberinto. Y donde hay un laberinto existe siempre -siempre, insisto-, una solución, un punto tópico. Evidentemente era allí donde me esperaba la recompensa.

Para no llamar demasiado la atención, me embadurné la piel de un limo oscuro e intenté adoptar una expresión bobalicona y anónima, hecho lo cual, me puse en camino. Enfilé por la primera a la izquierda y la segunda a la derecha, y repetí la operación una y otra vez. Pero todos mis esfuerzos eran vanos. Parecía realmente como si en aquel sitio no tuviese ningún sentido tomar una u otra dirección, como si no se pudiera perseguir ningún tipo de progreso. La fuerza de la razón no era de ninguna ayuda, en aquel lodazal era imposible reconocer formas, sustancias o valores, todo se había corrompido hasta convertirse en decadente trivialidad, infinita y uniforme necedad, inmundicia.

Por fin llegué a una abertura de descarga en cuyo desagüe encontré una alta concentración de páginas impresas, fascículos y volúmenes encuadernados. Intenté subir hasta la fuente de aquel saber. Identifiqué la desembocadura, recorrí en sentido contrario el conducto del que procedía todo aquello y me encontré en… la Biblioteca de la Universidad. Allí me establecí. En aquel apacible lugar de reflexión pasé casi un mes, en completa soledad, llevando, en el más amplio sentido de la expresión, una auténtica vida de rata de biblioteca, recorriendo de punta a punta aquel inmenso laberinto de corredores, de ideas, de teorías. En poco tiempo devoré todas las grandes obras de la cultura occidental, pasando por alto sólo las encuademaciones más resistentes. Pues bien, os confieso que de todo aquel saber obtuve un nutrimento, en resumidas cuentas, bastante árido y con excesivo regusto a papel.

Seguían atormentándome grandes interrogantes. El universo entero no parecía ser otra cosa que una interminable serie de laberintos que desembocaban en otros laberintos, cañerías, corredores, conductos, caminos. ¿Cuánto debería caminar aún para encontrar la salida? Todos los trayectos parecían equivalentes, volvían a sí mismos, no tenían inicio, ni dirección, ni final. Continué buscando. Pero encontraba otros laberintos: transporte suburbano, red vial metropolitana, conducciones del agua, acondicionadores de aire… Y, sin embargo, estaba seguro: en algún lugar existía la liberación de aquel interminable ciclo de vueltas y revueltas. Sabía que cuando asomara el hocico en aquel lugar habría encontrado la revelación, la liberación, el summum bonum. Por enésima vez enfilé la primera calle a mi izquierda y luego la segunda a la derecha. Y después repetí la operación una vez más, y otra, y otra…

Por fin un día, mientras recorría desanimado un colector tan oscuro como mi propia alma, entreví una insólita forma múrida bamboleándose, suspendida de las tuberías de la bóveda. Era un roedor alado de aspecto arcano, y su forma de comportarse era tan extravagante como su fisonomía: estaba allí inmóvil, colgado cabeza abajo, vuelto hacia mí, y parecía que sus ojos cerrados quisiesen indicarme un punto, una dirección. Las apariciones de ese tipo tienen siempre una raison d’être. Me coloqué por lo tanto exactamente en la misma posición que él, luego observé y razoné. Gracias a aquel cambio radical de perspectiva, en que lo veía todo del revés, y gracias también al aumento del flujo sanguíneo, la solución me fue revelada de inmediato. Su sutileza y elegancia eran evidentes: bastaría, partiendo de aquel punto exacto, volver a tomar la primera a la izquierda y la segunda a la derecha, la primera a la izquierda y la segunda a la derecha, la primera a la izquierda y la segunda a la derecha… hasta el destino final, el rattus.

Y en efecto…

Fue sólo cuestión de tiempo; después, como había previsto, llegué a la salida. Me dirigí hacia ella y seguí caminando hasta que la iluminación me deslumbró…

A pesar de aquel deslumbrante resplandor, encontré fácilmente la entrada del Departamento.

– Por la chapa que lleva en el cuello, yo diría que es una de las nuestras – comentó un investigador científico -, pero los datos son completamente ilegibles.

– Vuelve a someterla a los tests.

Así fue como volví a residir bastante cerca del punto del que había partido. En la jaula de al lado.

No tuve que esperar mucho para que la Gran Recompensa hiciese su aparición. Su piel y sus ojos eran claros como la Revelación, seductores como el Conocimiento. Ljuba vino a mi encuentro a pequeños pasos, meneando la cola, contoneándose y revelando su cuerpo pelo tras pelo, entreteniéndose, dilatándose coquetamente en ello. ¡Ah, qué bella! Era seductora como una intuición, desconcertante como una antífrasis, tímida como la verdad. Estúpida como una poesía.

– Yo soy V.I.S.K.O.V.I.T.Z. – le expliqué.

© Alessandro Boffa, ‘Eres una bestia, Viskovitz’

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Rata

  • Más cuentos sobre Visko en:

Las Entrañas de la Bestia

Published in: on Sábado, 24 marzo 2007 at 12:34 pm  Comments (8)  

8 comentariosDeja un comentario

  1. pues no era una rata tan inteligente; o la inteligencia no le dejaba ver que la libertad significa esforzarse en quehaceres más vulgares pero que son los que te hacen más fuerte.
    estos cuentos me hacen pensar cada vez más y darme cuenta de algunas cosas que, por comodidad o por miedo, las evitamos; y siempre me pasa en fin de semana, cuando me preparo para irme de fiesta jajaj


  2. Visko, te aseguró
    que muchas veces
    me he sentido una
    rata,
    pero una miserable.
    Dejame Visko

  3. La virtud de estos relatos es la capacidad que tienen de despertar las mentes dormidas. Si por lo menos perduran en ellas lo suficiente podrás apuntarte un tanto, cuñada, y así quizás logres ese sueño tuyo de que se reedite el libro :D
    En mi mente parecen aguantar bastante, o será porque mucho de lo que dicen ya lo pienso. Pero en la mente de Héctor, después de unas cervezas y humaredas variadas, no estoy tan seguro jeje

  4. Pues a ver si nos vamos despertando eh?? ¬¬

    Que requetebueno es éste ^^ … y conozco a muchas ratas como esas xDDDDDDDD

  5. Hay tanta similitud entre éstos relatos y la vida real que mientras los lees acabas por olvidar al animal que representa.

    Un abrazo

  6. Todo ésto es porque Visko es REAL. Él es todos nosotros, nuestro reflejo con la suficiente clave de humor para ser comprendido por quienes aún tienen inquietudes…

  7. Inquietudes no faltan, por lo menos en mi caso, y con los relatos te puedo decir que aumentan por lo inquietante de algunas situaciones.
    Qué juego de palabras acabo de hacer :D

  8. me ha encantando sonja!
    “y en efecto…”
    las ratas de laboratorio no tienen muchas esperanzas en el mundo de los barbaros
    es ley, cada uno en su sitio y haciendo aquello para lo que está destinado
    pobre visko, que vida! :)

    besos


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