Los mundos de Visko (y 19)

Tienes el corazón en paz, Viskovitz

El Perro (Canis Lupus Familiaris), compañero del hombre desde tiempos inmemoriales, aparte de otras grandes cualidades como su extraordinaria capacidad de aprendizaje, posee un olfato mil veces más potente que el nuestro y un oído prodigioso…

Su fidelidad y energía son admirables y no hay día que, observando a ese loquito que me acompaña desde hace ya 7 años, no me pregunte qué es aquello que ronda por su cabecita cuando parece flotar en su nube daltónica, la mirada perdida en la periférica lejanía, el gesto circunspecto…

«Flotaban en el aire los aromas del jengibre y la cebolla, y el ladrido lejano de un saxofón postrero. Cada cual se afanaba de nuevo en los presurosos ritos de la existencia, para celebrar el misterio de Anicca, la Gran Ilusión, el Sueño de Brahaman, la Danza de Shiva, la Eterna Broma Cósmica.»

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TIENES EL CORAZÓN EN PAZ, VISKOVITZ

En mi corazón sólo había vacío y beatitud.

Mi mente, rotas las cadenas del ego, libre de deseos, recuerdos, estímulos kármicos, estaba recogida, absorta en el nivel más alto de meditación, próxima al cese de toda actividad, al estado de conciencia sublimada. La trascendencia, la iluminación, el despertar.

En aquel momento mi cuerpo diamantino iba a rebosar de prana resplandeciente desde la cabeza hasta la cola, y yo, Viskovitz, me disolvería por fin en luz, en el divino atman, en el orgasmo eterno…

Pero justo en ese instante un olor desagradable empezó a abrirse paso en mis circunvoluciones. Un olor que creía haber enterrado en el pasado. Intenté mantener la concentración, ladrar mi mantra y visualizar un mándala, pero ya había sido quebrantado el delicado equilibrio del samadhi. Abrí dolorosamente un ojo. Ante mí estaba Birillo, nuestro maestro espiritual, absorto en la paz del recogimiento, y alrededor los demás perros del cenobio, algunos inmóviles en su asana, otros más interesados en las ofrendas depositadas sobre los altares menores de la pagoda que en la búsqueda interior. Un pastor alemán de pelaje oscuro estaba subiendo la escalera del templo. Le detuve justo a tiempo, con la pata alzada sobre un altar.

– ¡Estás en un lugar sagrado, Zucotic! – gruñí, rechinando los dientes.

Era un perro policía, sabía muy bien que su adiestramiento no incluía ningún tipo de educación espiritual. Yo también había llevado aquel collar.

– ¡Cuánto tiempo, viejo lobo! – ladró, y me olisqueó festivamente los glúteos.

Me habló de los viejos tiempos, cuando habíamos trabajado juntos en Narcóticos. Después dijo que había venido a pedirme un consejo, a hablarme de un problema de conciencia.

– He perdido todo interés por las cuestiones morales – le corté.

– Te lo ruego, eres el único perro por el que siento estima, siempre fuiste el más sabio de la jauría, el que tenía más olfato…

Le dejé hablar. Al parecer Korzybski, su instructor, se había embolsado un poco de polvo. No una papelina o dos, sino nada menos que tres kilos de China White.

– Estamos hablando de heroína, Visko, la harina de Satanás, la Gran Mierda…

No dejaba de sacudir su cabezota, como si quisiera desprenderse de ella, jadeaba, gañía, y temí que se pusiese a aullar allí mismo, en medio de la pagoda.

– ¿Qué debo hacer, Visko? Sólo yo sé que ha enterrado aquellas tres bolsas en su jardín…

Pobre Zucotic, personalmente no tenía nada contra él, pero venía de otro planeta, un planeta del que yo había dejado de notar la fuerza de gravedad. Yo, Viskovitz, flotaba en un plano astral distinto. ¿Cómo explicárselo?

– Comprendo tu estado de ánimo, Zuco, pero hablando conmigo pierdes el tiempo. Hace ya años que dejé de creer en tus valores. Luego dejé de creer en los valores en general, y he acabado por dejar de creer incluso en el hecho mismo de creer. Después de lo cual empecé a disolverme en el universo… No puedes pedir consejos al aire que respiras, Zuco…

– Demonios, realmente vivir aquí no te sienta nada bien, lobo.

No había mucha sed de comprensión en su voz. Le miré con ternura.

– Ahora tengo que irme – concluí -. Te deseo que encuentres la paz.

Giré la grupa y volví sobre mis pasos. Al llegar al final de la escalera, di media vuelta y ya no le vi. Con mucha discreción, se había ido en silencio, pero por el olor deduje que lo que resbalaba por los escalones del templo no era precisamente agua bendita.

Volví a reunirme con la hermandad, a sentarme inmóvil y a centrar el pensamiento, pero mi mente ya estaba turbada por el recuerdo. El recuerdo de un tiempo en el que había llevado un distintivo y había recibido condecoraciones al mérito y a la aptitud, un tiempo en el que había amado a una loba y en que aquella loba había sido asesinada. No, no sería aquel el día en el que encontraría la paz del Nirvana.

Había pasado una semana. En la quietud purificadora del sangha, a través de la conciencia de la respiración y la imparcial y desapegada contemplación del cuerpo y de la mente, seguía adelante en el límpido camino que lleva a la Liberación. Al introducirnos en las técnicas de la Clara Comprensión, Birillo nos había dicho:

– En este efímero cuerpo que tenéis os haré conocer el Mundo, el nacimiento del mundo, la extinción del mundo y la senda que conduce a la extinción del mundo.

Yo, Viskovitz, avanzaba por aquella senda. A primera vista Birillo, un caniche enano blanco con rastra de juveniles y acicalados rizos, no daba la impresión de ser un guía espiritual plenamente realizado, pero cualquiera que hubiese tenido la suerte de recibir sus enseñanzas y de sosegarse con la serenidad de su mirada comprendía que se encontraba ante una bestia santa, al abrigo de un guía sólido e imperturbable. Jamás le habíamos visto menear la cola.

Me encontraba pues yendo más allá de las Cinco Conexiones, hacia los Siete Factores de la Iluminación, y estaba a punto de comprender las Cuatro Sublimes Verdades, cuando…

…Olfateé en el aire un tufillo a perra, a loba. Me concentré en el anupasati, pero aquel olor no disminuía. Siguió creciendo hasta envolverme, y por fin se oyó:

– ¿Viskovitz?

Solté todo el aire violentamente y abrí los ojos para ver su carita. ¿Cuánto tiempo hacía que no estaba tan cerca de una loba? Dos años. Desde la muerte de Ljuba. Y había sido mejor así. ¿Qué objeto tenía buscar aquel efímero placer? La miré distraídamente: no doy demasiada importancia a la apariencia externa. Tenía un morrito dolicocéfalo de pelo leonado, blanco en el masetero y en la papada, orejas enhiestas, belfos generosos, ventanas nasales ligeramente carnerunas, stipa acentuada y trufa oscura. Manto rojo oscuro, del color del fuego, casi rosa por debajo. Lomo arqueado, flanco sesgado, espaldar largo, nalgas erguidas, vientre duro, pedículo adiposo pronunciado, pecho descendido, corvas abiertas, metacarpos aplomados. Era realmente un cuerpo, cinognósticamente hablando, soberbio en sus proporciones y en la disposición de los volúmenes, modélico en la forma y en los perfiles. Sin duda una perra de importante genealogía y alta selección. Tendría alrededor de un año y medio, a juzgar por los colmillos.

– Viskovitz – confirmé.

– Soy la detective Lara, de Narcóticos.

Me olisqueó el trasero y le devolví la cortesía. Es sorprendente la cantidad de información que puedes obtener con el hocico ahí metido. Puedes olfatear las más tenues vibraciones de un alma o, si tienes inclinaciones más materiales, descubrirlo todo acerca de un ciclo hormonal. Identifiqué los claros indicios del pre-estro: aquella perra, sexualmente hablando, era una bomba de relojería.

– ¿Qué puedo hacer por la ley?

– Uno de nuestros agentes, el detective Zucotic, no da señales de vida desde hace casi una semana. Según fuentes dignas de crédito, antes de desaparecer intentó ponerse en contacto con usted, Viskovitz… – Los ojos se le iban una y otra vez a las marcas lampiñas entre mi pelaje -…Si realmente estoy hablando con el ex agente especial Viskovitz…

– Visko, para los puros de corazón.

– Confieso que esperaba encontrar otra cosa. He oído hablar de las proezas del investigador Viskovitz desde que era una cachorrilla, de su olfato legendario, de su audacia, y ahora…

No hacía el más mínimo esfuerzo por ocultar su decepción.

– Ahora también usted tendrá algo que contar.

– Bueno, no sería una historia con un final precisamente feliz: nuestro héroe destruido por la tiña y las garrapatas, rebajado a rebuscar entre la basura.

– Se llama vida vagabunda, agente. Hay quien la prefiere a la correa y el bozal.

Le expliqué brevemente lo que me había dicho Zucotic.

Tenía cierta experiencia para olfatear de lejos los problemas, y le aconsejé que se mantuviera al margen de aquel asunto.

– Estoy segura de que el agente Zucotic habrá cumplido a fondo con su deber. Yo también pienso cumplir con el mío – gruñó enseñando los dientes.

Estaba deslumbrado ante tan buena disposición, tanta capacidad de iniciativa y menosprecio del peligro, pero no podía evitar pensar que quizás hubiera también algún prurito hormonal detrás de aquella forma suya de huir de la maternidad. En cualquier caso, aquella perra constituía un peligro para la pureza de mi alma. Solté un gruñido de despedida.

Dando media vuelta, liberó una potente tufarada de hormonas. No había que ser adivino para comprender que había muchas más en el lugar del que aquellas procedían. Me quedé mirándola perplejo, mientras ella husmeaba el aire buscando algo que no acababa de encontrar.

¿Cómo se podía ser tan ingenuo?

– No es en el aire donde encontrará el olor de Zucotic, detective – me oí decir -. Ese tipo de rastro, el air scent, proviene de las glándulas sudoríparas, apocrinas y ecrinas de un animal. Permanece como mucho unos minutos. Lo que le interesa a usted es el ground scent, el olor de contacto, dejado por pelos y partículas de piel sobre el terreno. O, mejor aún, los rastros de orina: son los que duran más tiempo, incluso varios días, si no llueve y no hay demasiada evaporación.

– ¡Sé lo que es un rastro! – gruñó, enseñando sus bonitos colmillos.

La conduje amablemente hasta el escalón en el que había orinado Zucotic. El olor que emanaba de ella me golpeó una vez más. No cabía duda de que aquella loba estaba ovulando y de que su olor se percibiría de un momento a otro por todo Chinatown.

– Por la amistad que me une a Zucotic… quizá será mejor que participe en esta investigación, agente… – gañí -. Creo que podría serle útil mi… mmmh… cobertura.

Aulló algo que no llegó a penetrar en mis obturadas terminaciones nerviosas, pero que no me pareció una objeción.

Seguir las huellas de Zucotic no era para mí una tarea difícil; podía al mismo tiempo charlar tranquilamente con Lara. O mejor dicho, era ella quien me hablaba de sí misma, con su ladrido agudo, presa de una excitación que se le hacía cada vez más difícil controlar. Quería hacer carrera, decía, pero no para satisfacer su vanidad. Era una idealista y quería remediar los males de este mundo: el cercenamiento de la cola, la amputación de las orejas, el comercio de cachorros, la castración, las perreras municipales. Su selectísima sangre no le impedía odiar la discriminación racial, el pedigrí, los criterios de pureza, las exposiciones caninas. Había momentos en que me parecía estar escuchando a Ljuba, cuando también ella era tan joven y estaba tan llena de sueños y de hormonas. Ya que quería hacer carrera, pensé que no estaría de más, de camino, irle enseñando los principios básicos de su trabajo, los rudimentos de la busca. Le expliqué lo que eran el backtracking, el offtracking, el crosstracking y el transfer de una superficie a otra: asfalto, polvo, alfombra de hierba. Le dije que a veces es necesario utilizar la boca, en la que se encuentra aquella glándula, la vómeronasal, que está en contacto con el bulbo olfatorio. Se la indiqué deslizando mi lengua sobre la suya, y estaba ya dejándome transportar hacia los pliegues de su pelo cuando…

– Aquellos animalitos, ¿no son deliciosos?

Era su primera salida del recinto oficial y no paraba de sorprenderse ante las maravillas del mundo.

– Son ratones – le expliqué -, y aquella engañosa elevación es un estercolero.

Dos ratas que estaban dando buena cuenta de algún hueso escaparon maldiciéndonos.

Abandonada toda pretensión de una conducta profesional, lanzando gañidos de felicidad, Lara empezó a lamer aquellos huesos y después los enterró. Yo la observaba menear la cola fascinado. ¿Cómo se podía tener tanto entusiasmo, tanta frescura? ¿Cómo se podía ser tan joven? Aproveché aquella pausa para escarbar un poco entre la basura. Tampoco es tan deprimente como parece. Hay cierto tipo de podredumbre que hace más valioso el alimento. Lara se me acercó llevando en la boca un voluminoso fémur.

– Necesitaba afilarme los dientes. Ahora soy operativa. ¿Cree que conseguiremos reencontrar la pista del agente Zucotic entre todos estos olores?

¿Cómo se podía ser tan ingenuo?

Le expliqué que ya no sería necesario, que el agente Zucotic era lo que llevaba en la boca y que, aparte del fémur, ya había recibido sepultura.

La muerte de Zucotic no me había cogido por sorpresa ni me había perturbado. Para mí era simplemente una ocasión para reflexionar acerca de las leyes del karma, la rueda del samsara y la caducidad de los citta. La muerte estaba en todas partes. Y a cada instante yo, Viskovitz, moría y me regeneraba junto con el universo. Pero para la detective Lara aquel descubrimiento había resultado devastador, su frágil equilibrio emocional se había desmoronado, había empezado a gañir como si la hubiera arrollado un camión y había seguido durante horas.

Hice todo lo que pude por consolarla. Mientras le explicaba que de la muerte surge la vida y que por aquellos alrededores, en aquellas calles, la muerte era celebrada con la vida, me deslicé hacia ella por detrás, le apoyé una pata en el coxal y me alcé con la otra sobre el lomo…

De repente dio un brinco hacia adelante.

– ¡Claro! ¡Korzybski! Él es el asesino – ladró -. Rápido, hay que moverse. Su villa no está lejos de aquí y quizá consigamos pillarle con el botín. No descansaré hasta coger a ese bastardo.

Entró rápidamente en acción y, bamboleándose, empezó a trotar hacia Alameda y los barrios residenciales.

– ¿Pero a dónde crees que vas en ese estado? ¿No comprendes que enseguida tendrás encima a todos los perros del barrio?

Y así era. Aún no había acabado de desgañitarme, cuando se nos enfrentaron tres chulillos, con una mueca de tipos duros en el morro. Un braco, un mastín y un schnauzer enano.

– ¡Hostia, vaya loba! – ladró el schnauzer.

– ¿Qué quieren éstos, Viskovitz?

– Adivina.

– Explíqueles que estoy de servicio.

– Nosotros también queremos ese servicio – gruñó el braco.

– Ya habéis oído a la señora. ¡Largo!

– Tú desaparece, tío – rugió, rechinando los dientes, el mastín.

Estaba claro que razonar pacíficamente no serviría de mucho. Y tampoco bastaría con enseñar los colmillos. Me deshice del schnauzer enano de un patadón, le di una dentellada en el lomo al braco, y lo estaba zarandeando cuando el mastín me atacó por la espalda. Era más joven y más grande que yo, por lo menos ochenta centímetros en la cruz, y habría sido una desagradable velada de no haber sido yo un maestro en las artes del bushido, el Camino del Guerrero.

Con un amago puse contra la espalda a aquel hijo de gata, y luego le di una buena lección con las fauces. El braco ya se había volatilizado. Yo sangraba por una oreja y estaba triste, porque odio la violencia.

Lara había desaparecido, pero no su olor. Me puse a correr a galope tendido y la alcancé. Para entonces nos encontrábamos ya frente a la vivienda de Korzybski, una villa de demasiados metros cuadrados para un agente instructor de perros policía. Yo estaba extenuado.

– Estás sangrando, Visko. – Era la primera vez que me llamaba así -. Has sido muy valiente.

Empezó a lamerme las heridas. Largos, cálidos, interminables lengüetazos.

Yo tenía la sensación de que sólo había una forma de recuperar la paz. Algún día, me decía, estaría por encima de aquellas groseras ataduras materiales, pero por el momento… Dejar correr las aguas de aquel río… ¿Acaso no era el Camino del Tao? Estaba ya en las proximidades de su cola, cuando, ¡bang!… El disparo procedía de la villa de Korzybski. Lara saltó hacia adelante de un brinco.

– ¡Deprisa, Visko, que no escapen!

– ¡Quieta, van armados! – objeté.

Pero sus bellos cuartos traseros habían desaparecido ya del otro lado de la valla. Era el momento adecuado para dar media vuelta y salvar el pellejo.

Sonó otro disparo.

Salté al jardín maldiciendo, encontré una ventana abierta y me precipité desde ella al interior de la casa.

El cuerpo del sargento Korzybski yacía en el suelo de la cocina bañado en su propia sangre, con un tercer ojo en mitad de la frente y otro agujerito a la altura del corazón. Por si eso fuera poco, Lara le estaba ladrando las cuarenta. Por los orificios de la pared, deduje que el arma utilizada era del calibre cuarenta y cinco. Olisqueé un poco por allí y no me gustó lo que percibí. Los dos matones eran bajos y menudos, a juzgar por el volumen y la amplitud del área expansiva de sus olores. Su aliento apestaba a chow mein. Y olía también a un tatuaje reciente, para el que habían utilizado como colorante púrpura de cannubia. Podías jurar que los dos sicarios pertenecían a la tríada del Dragón Rojo, la más poderosa de Chinatown. Era otra buena razón para considerar cerrado aquel caso.

Se oyó el rugido de un motor al arrancar y Lara se lanzó de inmediato a la persecución de aquel coche, un Mercedes gris. Fui tras ella. Al fin y al cabo jamás conseguiríamos alcanzarlos. Cuando ella también se convenció, le expliqué que no era sensato seguir un rastro de neumáticos en medio de una autopista y la conduje hacia un parque público, donde podríamos estar más tranquilos: teníamos la puesta de sol y teníamos las rosas.

Llegados a aquel bendito lugar, entre los arrendajos y el aroma de la hierbabuena, me congratulé con el viejo Viskovitz. Me tendí, dejando que el pelo sintiera la frescura de la hierba, y, ante aquella puesta de sol, me enternecí como un sentimental perrillo braco. Lara me miró a los ojos y confesó:

– Oh, Visko, no puedo resistirme. Es el instinto, es más fuerte que yo.

– Es natural – dije, arrullándola -, tú eres una perra en celo y yo un atractivo lobo… Déjate llevar.

– ¿Me dejo llevar?

– Pues claro.

Lara dio un brinco hacia adelante, echó a correr hacia el agua y se puso a nadar en dirección al palo que algún desconocido había tirado al lago. Aquél era el instinto del que hablaba. El instinto atávico y servil de buscar y traer. Le devolvía el trasto al tipo y el señorito lo volvía a lanzar todavía más lejos. Y Lara detrás. ¿Qué tenía que hacer yo? Me zambullí tras ella. Cuando la alcancé, estaba reventado.

– ¿Has visto qué buena soy? – me ladró -. ¡Lo he encontrado hasta debajo del agua! No me gana nadie en buscar y traer.

¿Cómo se podía ser tan ingenuo?

Le expliqué que lo que llevaba en la boca no era precisamente un palo, sino una Luger calibre cuarenta y cinco, ocho disparos en el cargador y dos en la recámara. Y que nunca resultaba saludable devolverle el arma del delito al asesino.

Esta vez Lara consiguió seguir al coche de los sicarios hasta el corazón de Chinatown, hasta el Jardín de las Tres Pagodas, donde nuestro periplo se había iniciado. Aquellos dos tipos habían entrado en suelo sagrado y se habían mezclado entre los fieles. En ese momento tuve que advertir a mi compañera que nos encontrábamos frente a un lugar particularmente santo, donde estaban reunidos en un solo recinto un Tang, templo taoísta, un Si, templo budista, y un Miaw, templete confuciano. Todos y cada uno de los ángulos que veía habían sido construidos según los más rigurosos principios del feng shui. Era un lugar donde se ladraba en voz baja y en el que uno no se presentaba acompañado de perras en celo. Pero Lara no se atuvo a razones, estaba convencida de que aquellos dos tenían la heroína por la que había muerto Zucotic y quería recuperarla a toda costa.

Cuando dimos con los dos sicarios, los encontramos en compañía de una decena más de miserables miembros de la Tríada. Había monjes con ellos. Llevaban sombrillas ceremoniales y una procesión de ofrendas hacia el altar principal del Si, consagrado a Guan Hin.

Entre aquellas ofrendas había kilos de China White.

Detuve a Lara agarrándola por el collar. Realmente no venía a cuento disturbar a tan devota comunión de almas. Y, además, los perros no eran admitidos a la presencia de la diosa.

– A ti aquí te conocen, Visko, podrías intentar alertar a los monjes.

Le expliqué que ellos también eran cómplices de la Tríada, que la droga se ocultaba en las ofrendas propiciatorias, en los elefantes de madera y en los dragones de porcelana, que el contenido de las estatuillas se distribuía después en los barrios chinos de otras ciudades, siempre con la bendición de Guan Hin, diosa del perdón. Las Tríadas eran muy generosas con la divinidad, tenían que serlo si querían un lugar en el cielo. En los sobres rojos estaba el dinero en efectivo, y eran para los monjes. Le expliqué que el asunto no me concernía. Cada cual podía comprar el paraíso como mejor le pareciera, incluso el que se encuentra en las papelinas de polvo. Y además el monje supremo amaba a los perros.

– Yo también amo a los perros, Visko, pero no voy por ahí traficando con esa mierda. Mira, puede que no sea gran cosa como detective, pero hay algo de lo que estoy segura: no me iré de aquí sin haber confiscado por lo menos una muestra de esos narcóticos. Se lo debo a Zucotic. Y tú me ayudarás, Viskovitz. Porque tienes un trabajo pendiente.

Con una contorsión de perra fatal me frotó el pelo de los ijares y luego se quedó quieta mirándome a los ojos. Nos habíamos entendido.

– Olvídate de ese polvo – le dije -. Hay guardias armados por todas partes, incluso entre los monjes. Nadie puede entrar en el sagrario.

– Está aquella tronera, allá abajo. Un perro puede pasar por ella.

– Sí, pero también están los perros de la pagoda, Lara: dóberman, dogos. Son perros guardianes, adiestrados por los monjes.

– De ésos me encargo yo.

– ¿Qué?

– No subestimes las posibilidades de una perra en celo, Viskovitz.

Tenía el rostro encendido, pecaminoso. Se encaminó bamboleando las caderas hacia el jardín y se presentó ante los perros de la pagoda en aquel estado, con la cola levantada, como una ramera.

¿Qué podía hacer yo?

Gañí un sutra y visualicé una flor de loto.

Volví a verla tres horas después. Llevaba impregnado el olor de todos los perros del monasterio, incluido Birillo. Caminaba de lado y gañía débilmente una vieja canción cantonesa.

– ¿Lo has conseguido, encanto? – ronroneó.

La llevé fuera del templo, a mi refugio preferido, una vieja casa en construcción que nunca sería construida. En un rincón había tres grandes bolsas. Contenían algo que parecía cal.

– ¡Oh, Visko! – Sus pupilas dilatadas eran verdes como el jade -. Ven aquí, ¿a qué esperas?

Por una noche, por aquella noche, olvidé todas las fatigas de la existencia, el olor a podrido, las pulgas. Conseguí que el tiempo se detuviera, que se dilatara el espacio y reunirme en más de una ocasión con la Divina Inmovilidad. Amanecía cuando pude desasirme. Había sido una larga jornada.

– Visko, creo que de entre todos los perros de la pagoda…

– No quiero saberlo – gruñí.

– Te amo, Visko.

– No digas eso ni en broma. Dentro de muy pocos días estarás fría como una sepia, y será mejor así.

– Pero ¿no te das cuenta de que somos una pareja perfecta? Tú con tu olfato y yo con mi dedicación…

– ¿Al «servicio»? No, Lara. Resulta sorprendente cómo unas cuantas hormonas consiguen siempre engañarnos. En este universo, en el que todo es inestable y efímero, nada es más evanescente que el amor entre perros. Ninguna otra ilusión es más breve. Por eso, supongo, necesitamos otros ídolos, otros amos.

– Tú no, Visko. Tú no guardas fidelidad a nadie, ni a la jauría que te crió, ni a los monjes de la pagoda, ni a mí. Tú no tienes amo.

– Te equivocas, también yo tengo mi correa, Lara. Y es más dolorosa que cualquier collar dentado. Más dulce que cualquier otra mentira.

– ¿Ljuba?

– No.

A aquellas alturas ya daba igual que lo supiese. Señalé la jodida cosa con el hocico. Lara observó pensativa y meneó la cabeza.

– No entiendo. ¿Te obligan a traficar con él?

¿Cómo se podía ser tan ingenuo?

Intenté explicárselo.

– Verás, cuando desde cachorro te la ponen bajo el hocico, un hocico hipersensible como el mío… día tras día, en cada jodida sesión de adiestramiento… Bueno, el cerebro te hace zoom, algo mucho mejor que un azucarillo o un bistec. En sólo una semana estás esclavizado. Y entonces ya no existe otra cosa en la vida. Por eso era tan bueno para encontrarla como polizonte: porque no podía evitarlo, no, claro está, para contentar a los pies planos que me drogaban…

Sentía frío y me salía espuma por la boca.

– Te ayudaré a salir, Visko. Mi amor es más fuerte. Te amaría aunque…

– ¿Aunque qué? ¿Aunque te dijera que esa droga está aquí desde hace una semana, desde el día en que la desenterré del jardín de Korzybski? ¿Aunque te dijese que asesiné a Zucotic porque se interpuso en mi camino?

– No te creo, no te creo, no te creo… – ladraba mientras reculaba hacia la salida, con una de las bolsas entre los dientes.

– ¡Suéltala, Lara!

Me abalancé contra ella.

Pero justo en aquel momento, atraídos por los ladridos, aparecieron dos tipos de uniforme. Lara se liberó de un brinco y me quedé con su collar entre los dientes.

– Has perdido, Viskovitz – ladró, mientras corría hacia los agentes en busca de ayuda.

¿Cómo se podía ser tan ingenuo?

Los dos funcionarios de la perrera municipal le echaron el lazo, la inmovilizaron y la arrastraron hasta el furgón.

– Pero ¿qué os pasa? ¡Parad! Soy Lara, de Narcóticos, detective Lara. Detective Lara, informando. ¡¡¡Llamen a mis superiores!!!

Parecía realmente un perro rabioso, tan sucia y desastrada, fuera de sí, sin su bonito collar con la medallita.

Nunca volví a verla.

Me quedé allí un instante, reflexionando sobre la caducidad de las cosas. Sentía grandes deseos de aullar, pero me controlé. Porque aquello era Chinatown. Esnifé un poco de polvo y enseguida me sentí mejor. Ya no tenía sueño. Me encaminé hacia la pagoda.

Chinatown despertaba a un nuevo día. En las aceras, jóvenes y viejos hacían sus primeros ejercicios de tai-chi.

Flotaban en el aire los aromas del jengibre y la cebolla, y el ladrido lejano de un saxofón postrero. Cada cual se afanaba de nuevo en los presurosos ritos de la existencia, para celebrar el misterio de Anicca, la Gran Ilusión, el Sueño de Brahaman, la Danza de Shiva, la Eterna Broma Cósmica.

Los perros del cenobio ya habían iniciado los ejercicios de respiración. Crucé las patas traseras y adopté la posición del loto. Me concentré en el muladhara para recuperar energías y hacerlas fluir hacia los chakras superiores. Necesitaba hacerlo para liberar mi mente de toda impureza y ponerme en camino hacia el lugar de la salvación, más allá del bien y del mal, del placer y del dolor. Hacia el corazón del pulso generador, hacia el ojo de la clara sabiduría, hacia la Gran Paz, la Gran Paz…

© Alessandro Boffa, ‘Eres una bestia, Viskovitz’

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Pastor Alemán

  • Más cuentos sobre Visko en:

Las Entrañas de la Bestia

Published in: on Viernes, 8 junio 2007 at 10:17 pm  Comments (15)  

15 comentariosDeja un comentario

  1. Ahora que lo dices, estoy observando a Loko y hoy no se si acaba de entrar en la visualización de un mándala o es que ya ha encontrado la paz del nirvana. Lo que nunca le he visto hacer es adoptar la posición del loto. ¿El tuyo si?…

    ¿Cuando es la celebración de la Eterna Broma Cósmica?, tengo curiosidad por sus ritos :D

  2. guau guau guau

    genial!!!! que mas puedo decir. solo me quedó una duda; la habría matado visko a lara si no hubieran aparecido los de la perrera??? y por que no se lo llevaron a el???

    bue, no importa. me encanto. ahora cuando llegue a casa las voy a ver con otros ojos a caliope y a melpomene.

    sevemos, guerrera

    PD: ya hice mi primer ataque y estoy con la espalda en alto esperando al contraofensiva ;)

  3. por cierto… no te hice nada que no hayas deseado :P

  4. Ja ja ja, pues no, esa postura le cuesta bastante :p

    ¿La Eterna Broma Cósmica dices?… no estoy segura, pero creo que se celebra todos los días del año. La prueba está en la cantidad de estúpidos que conviven a nuestro alrededor ;-)

  5. Poio, estoy convencida de que hubiera terminado matándola… después de volver a montarla, desde luego :p

    ¿Qué me dices? ¿Un ataque?… veámoslo, y prepárate. Seré buena ;-)

  6. Estais locos :)))

    Muy bueno este cuento, pero me ha hecho pensar en los perros que trabajan para narcóticos. Siempre se ha dicho que los drogan para que sean buenos en la búsqueda pero nunca lo he creído. Ahora no se qué pensar :(

  7. Jomío, tú que crees? … no pueden dar con la droga si no la “conocen”. Es un poco triste, pero así son las cosas, aunque me imagino que es con mucho control y como tienen un olfato tan fino pues no hace falta “cargarlos” …

    Ojo, hablo por hablar pero hasta cierto punto, que una sabe cosas xDDDDDDDD

    Me ha gustado el particular limbo de este Visko ^^

  8. tremendo hijo de puta resultó Viskovitz… me agrada mucho :P

  9. con la maría se alcanzan cumbres subliminales muy similares y no hace falta ser tan cabrón :)

  10. pero “la eterna broma cósmica” no es una celebración continua? :)
    buenisimo sonja! este es uno de los mejores cuentos de visko, quizás me haya influido más porque tengo dos pastores alemanes y en ocasiones parecen flotar a través de nuestro plano
    me gusta cuando parecen no estar y sin embargo son conscientes de cualquier movimiento, a veces pensamos que son ellos los ingenuos cuando nos superan con mucha ventaja!
    y aunque este visko no parece tener muchos escrúpulos pensemos por un momento que él solo busca la gran paz! y no la buscamos todos? :)

    besos

  11. si, pero con hierba y siempre de buen rollo; como el anuncio de canal plus (paz y amor, paz y amor) :)

  12. Hector, tú y tus ejemplos me dejais de piedra……

  13. ¿pero, a que lo has entendido? :)

  14. mi perrita pastor aleman murio de 10 semanas viva

  15. hermoso perro muy lindo yo tengo uno es bello amo esta raza de perro eso si comen mucho y ayadespulgarlo pero vale la pena


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